04 enero 2017

Camus en el tranvía de Argel

«No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida es digna o indigna de ser vivida es responder a la pregunta fundamental de la filosofía. (…) Si me pregunto en qué puedo basarme para juzgar si tal cuestión es más apremiante que tal otra, respondo que en los actos a los que obligue. Nunca vi morir a nadie por el argumento ontológico. Galileo, que defendía una verdad científica importante, abjuró de ella con la mayor facilidad del mundo cuando puso su vida en peligro. En cierto sentido hizo bien. (…) Es profundamente indiferente saber cuál gira alrededor del otro, si la Tierra o el Sol. (…) En cambio, veo que muchas personas mueren porque estiman que la vida no merece ser vivida». Con estas palabras comienza El mito de Sísifo, ensayo escrito por Camus en 1942.

Albert Camus nació el 7 de noviembre de 1913 en Mondovi (actual Dréan), Argelia, y murió el 4 de enero de 1960, hoy hace 57 años, en un accidente de tráfico. Cuando recibió el Nobel de Literatura en 1957, alguien, en una conferencia, le interrogó acerca de “la justa lucha” del Frente de Liberación Nacional argelino contra la dominación colonial francesa. Harto de la insistencia de aquel sujeto, Camus, que había denunciado la miseria, la tortura y el colonialismo en Argelia pero que se negaba a aceptar más Causa que la de su conciencia, respondió: “En este momento se arrojan bombas contra los tranvías de Argel. Mi madre puede hallarse en uno de esos tranvías. Si eso es la justicia, prefiero a mi madre”. La anécdota quedó registrada como una de esas escenas antológicas, expositivas, sintéticas de la historia de la filosofía: la manzana de Fourier, el caballo de Nietzsche, la madre de Camus. Era la Justicia —con una jota tan mayúscula que llegaba hasta el Monte Olimpo— frente a una anciana analfabeta, una fregona enferma: su madre. La Fantasía Mitológica frente a la carne desvalida viajando en transporte público. La Santa Falacia frente al latido del pecho de una vieja. Hacía al menos quince años que Camus había elegido al escribir los primeros párrafos de El mito de Sísifo. Cambiaba la Justicia y todas las Causas Justas de este mundo por su madre.
Todos, izquierda y derecha, se horrorizaron. Crearon un cliché limando las palabras de Camus, al que habían aprendido a odiar primero en murmullos y más tarde a voces, puesto que se negaba a ponerse el bozal de sus dogmas. ¡Camus prefiere su madre a la justicia! Así se escribe la Historia.
Cuando publica El hombre rebelde en 1951, Camus queda definitivamente excomulgado de la congregación filosófica regida por el sumo pontífice Sartre, que nunca había dejado de considerarle un advenedizo. Inmediatamente se le lanzaron al cuello los compañeros de viaje del estalinismo, Sartre y su joven guardia de monaguillos agrupados en torno a la revista literaria existencialista Les Temps Modernes. El ataque furioso le llegó a través de un subordinado de la revista, y lo contestó en una célebre carta a Sartre que supuso la ruptura entre ambos. Les Temps Modernes creaba una confusión forzada de Camus con la derecha, ya que El hombre rebelde había criticado el bagaje cristiano del marxismo y su profecía histórica, que había desembocado en los campos de concentración. Camus no se espanta. “Si la verdad me pareciera estar a la derecha, allí estaría yo”, responde sin estridencias al recadero de Sartre. Decir eso en plena posguerra en Francia para un intelectual desubicado en según qué ambientes era mucho más difícil que hoy, cuando el comunismo tiene tanto vigor intelectual (y material) como los cuentos de los hermanos Grimm.
Albert Camus no tenía que justificar su biografía ni la intención de sus pensamientos ante Sartre. Más bien al contrario. A diferencia de Sartre, Camus había combatido en la Resistencia, cosa de la que nunca hizo alarde; se había solidarizado activamente con la CNT en la Revolución española y pertenecía a la Federación Anarquista francesa. Como queda dicho, denunció el colonialismo francés y atacó y sufrió los ataques repetidos de la reacción. Acusarle de mantenerse al margen de los acontecimientos, en una torre de marfil burguesa, como hicieron Sartre y los de su secta para su estupor, no puede interpretarse más que como el acto reflejo de unos intelectuales que nunca sufrieron la Historia más que en su imaginación de chupatintas y que ahora se envolvían en la manta estalinista, enorme y consoladora. Camus le devuelve el cumplido a Sartre en la respuesta que supuso su ruptura reivindicando el movimiento obrero no marxista, desde la Primera Internacional y el movimiento bakuninista hasta la CNT española y francesa, pasando por la Comuna, los revolucionarios de 1905 y el sindicalismo revolucionario. Acusa a Sartre de llegar “a la conclusión, justificando así lo peor de nuestro tiempo, de que la verdad en historia se identifica con el éxito”. Statu quo o socialismo autoritario, se plantea Sartre, y elige. Para Sartre, denuncia Camus, sólo el marxismo es revolucionario porque “sólo él, hoy, en el movimiento revolucionario, dispone de un ejército y de una policía”. Sartre se queda con todo el marxismo de su tiempo, el fondo y la forma. El fondo policiaco del argumento y la forma policiaca de argumentar. La argumentación de Sartre, para Camus, está encaminada a “fabricar esclavos”.
Nada avanzaremos, le dice Camus a Sartre, “si admitimos que el hombre puede ser en ciertas condiciones esclavizado”, si no dejamos de “justificar que, entre las víctimas, algunas deben ser citadas en el orden de la Historia y otras exiliadas en un olvido sin tiempo”.
En el fondo, bajo una capa de fingido realismo histórico, Sartre y los sartrianos no escondían más que su impostura. Sólo los artífices de los ideales —por ejemplo, de los ideales históricos— los encuentran útiles puesto que no creen en ellos y así apenas los sufren. Conocen mejor que nadie el material con el que los han fabricado. En el mejor de los casos, puede que en su fuero interno justifiquen sus propias mentiras, pero nunca van a terminar de creérselas. Todos los papas son ateos porque Dios es su criatura, y por lo mismo ninguno de ellos se ha embarcado nunca a las Cruzadas.
La lógica de esta gente es indiscutible, porque no es una lógica. Para ellos, la prueba de que las cosas necesariamente debían suceder así es que sucedieron así. Puro pensamiento idealista, teológico. Y con implicaciones políticas sumamente peligrosas para quien dice ser revolucionario: todo es como debe ser.
Quien no es marxista, para Les Temps Modernes, está en connivencia con la derecha. Camus lo denuncia. El marxismo en su tiempo se había alzado con el monopolio del movimiento revolucionario. ¿Y cuándo había obtenido la licencia de ese monopolio? Cuando tomó el poder en la mitad del planeta y lo convirtió en una cárcel. Su monopolio no se fundaba en la emancipación, ni en la libertad, ni en la mejora de la vida de sus súbditos, ni mucho menos en algo menos enojoso como, por ejemplo, el peso de sus razones. El fusil y el alambre de espino: ésas eran sus razones. Camus sólo podía sentir desprecio por ellas.
Camus se sitúa frente a la Historia. Se pone con los que la sufren frente a los que la hacen con mentiras y servidumbre. La moderna fe en el progreso —que aplaza eternamente al futuro la felicidad, o lo que sea— la inauguró Turgot en 1750. “El porvenir es la única especie de propiedad que los amos conceden de buena gana a los esclavos”, responde Camus en El hombre rebelde. “El sufrimiento nunca es provisional —continúa— para quien no cree en el porvenir. Pero cien años de dolor son fugitivos a los ojos de quien afirma, para el centésimo primer año, la ciudad definitiva”. El porvenir prometedor, ese gran invento montado a base de reciclar los escombros del milenarismo, era muy del gusto de Marx, que aportó un método crítico válido pero lo echó a perder con un mesianismo utópico, o más bien hipnótico. Hay que esperar, según parece, y, mientras aguardamos en la sala de espera, sufrir. En El mito de Sísifo, Camus deja clara su réplica: “Sí, el hombre es su propio fin. Y su único fin. Si quiere ser algo, tiene que serlo en esta vida”. En la misma obra aclara: La “esperanza en otra vida que hay que ‘merecer’ [es] el engaño de quienes viven, no para la vida misma, sino para alguna gran idea que la supera, la sublima, le da un sentido y la traiciona”.
Para Camus, con todo, no se trata de negar la historia, no se trata de negar que los acontecimientos consecutivos tengan causas y consecuencias. Se trata de profanarla, de escribirla con hache minúscula y de despojarla de su finalidad, de la necesidad de la sucesión de los acontecimientos. Si la vida no tiene sentido, gracias a lo cual podemos concebir la libertad, el devenir coronado con un gorro de papel con una H, eso que llamamos Historia, tampoco. Sólo los trenes tienen un sentido, y suelen meterse en túneles negros hasta llegar a Auschwitz o a Vorkutá.
La vida carece de sentido y, por ello, porque no se mueve por carriles sino campo a través, para Camus merece ser vivida. “Suprimido el sentido de la vida, queda aún la vida”, dice en El hombre rebelde. Y en El mito de Sísifo: “Se ha fingido creer que negar un sentido a la vida lleva forzosamente a declarar que no vale la pena vivirla”. Pero aclara que el suicidio es exactamente lo contrario: dotarse de un sentido es dotarse de un verdugo.
Camus, combatiente sólo en nombre de su conciencia, agradece siempre, una y otra vez, el apoyo en ese combate de los hermanos, carnal, y desdeña el doctrinario de los abogados defensores. “Comprendo por qué las doctrinas que me explican todo me debilitan al mismo tiempo. Me libran del peso de mi propia vida y, sin embargo, es necesario que lo lleve yo solo”, dice en El mito de Sísifo. Pero ni siquiera eso agota la cuestión: “No me interesa saber si el hombre es libre. No puedo experimentar sino mi propia libertad”. Es la apoteosis del materialismo frente al idealismo, y deja ver la influencia de Stirner. “No puedo comprender lo que sería una libertad que me fuera dada por un ser superior”. “Lo absurdo me aclara este punto: no hay mañana. Ésta es en adelante la razón de mi libertad profunda”. “El presente y la sucesión de los presentes” es a todo lo que aspira el hombre absurdo.
Todos los moralistas en subarriendo de cualquier franquicia de Dios claman que sin un sentido todo sería maldad en la vida, revelando así sus intenciones. “Si todas las experiencias son indiferentes —contesta Camus— (…) se puede ser virtuoso por capricho”. Si todo es moralmente indiferente, entonces puedo ser bondadoso sin el móvil del miedo, sino el de la lucidez, un concepto más respetable comoquiera que se lo defina. La clave, pues, no es la moral, sino el conocimiento.
Así que no es extraña la militancia anarquista de Camus. Todo su pensamiento lleva la impronta, no sólo del antiautoritarismo, sino de la prisa. No de la impaciencia histórica que desconoce, sino de la prisa vital. El anarquismo frente al marxismo es el ahora frente al mañana. Yo —mi breve y estéril vida de unas pocas décadas— frente a mi dios, mi amo, mi patrón, mi padre, mi líder, que quieren lo mejor para mí pero que siempre lo aplazan con sus ritmos lentos, milenarios, prometedores.
Camus, además del ensayo, cultivó la ficción, sobre todo la novela. Desde el principio abogó por la unidad entre el arte y la filosofía. El extranjero y La peste son novelas en las que muestra lo que trata de demostrar en El mito de Sísifo y El hombre rebelde. La novela para Camus es una manifestación de la rebeldía; la ficción rechaza la realidad existente sin prescindir de ella: trata de unificarla. La novela es también una manifestación del absurdo, ya que no demuestra, sino muestra; no argumenta, sugiere. No expone teorías desencarnadas; expone la carne, el grito, el dolor, el placer de la vida. “La novela de tesis —dice en El mito de Sísifo—, la obra que prueba, la más odiosa de todas, es la que se inspira con más frecuencia en un pensamiento satisfecho. Se demuestra la verdad que se cree detentar”. Opone el pensamiento del hombre real a la idea caída del cielo o de un poco más abajo.
Toda la obra de Camus es una afirmación de la subjetividad. La subjetividad es verdad; la objetividad, mentira. Somos sujetos, no objetos, al menos en lo que a nosotros respecta.
Porque Camus busca la verdad. La real, no la ideal. La de la vida cotidiana, no la que aplaza el conocimiento y se subordina a ideologías ajenas que dan rodeos hasta marear. No acepta el tiempo histórico porque es falaz. Todo el tiempo que hay es el de la vida del hombre. Rompe el espinazo del fin y los medios. Le quita la máscara al Fin y lo pone en evidencia como el más miserable y nocivo de los medios. Al final del arco iris no hay una olla llena de monedas de oro; al final de la Historia, como al final de la vida, no hay nada. Sólo merece la pena recorrer el camino de bajada junto a Sísifo sin cadenas: ni las del juez ni las del abogado defensor. Sísifo, mientras desciende la montaña, sabe que su esfuerzo es inútil, pero el desprecio le hace vencer al destino y a la desesperación.
En el uso del lenguaje, el afán de Camus es la claridad. Frente a la tendencia dominante, usa el lenguaje con el fin de exponer y no de ocultar, y mucho menos de ocultarse. Se podrían citar muchas de sus frases en esa línea, y sobre todo deberían leerse sus textos. Quizá la frase más célebre es la de La peste (1947): “Todas las desgracias del hombre provienen de no hablar claro”. No es una cuestión sólo formal, sino vital. En el contenido, Camus se empleó a fondo a desentrañar las claves del absurdo y la rebeldía. En la forma literaria, la claridad era para él una saludable obsesión.
Pese a su compromiso inequívoco —frente a tantos compromisos equívocos o vergonzantes—, no se puede enclaustrar a Camus en una capilla, propia o ajena. Recogía todo lo que a su paso le sirviera para buscar la verdad, y no temía las consecuencias de exponerla. Además, padecía de claustrofobia.

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