12 marzo 2018

Ni caso: Leed ‘Lolita’

Laura Freixas y Sergio del Molino en el debate que mantuvieron
el 6 de marzo de 2018 a propósito de Lolita de Nabokov (vídeo).
Laura Freixas, crítica literaria que por motivos que ignoro pasa por ser además escritora, ha vuelto a probar el agua con el dedo gordo del pie derecho y ha comprobado que aún está fría. En el cuidado de su monocultivo orgánico —algo así como la igualdad numérica de las mujeres con los hombres en el arte y la literatura, cuestión estadística, no literaria— ha tratado de plantar un pino demasiado robusto para un cortijo tan minúsculo y poco abonado como el suyo: se ha lanzado a anatemizar Lolita de Nabokov. Un pino gigantesco. Incluso autores que no militan en la provocación contracorrentista tipo Marías o Pérez-Reverte, autores lúcidos sin más e incluso progres en nómina, han reaccionado frente al furor mojigato e imperativo de Freixas. Ella misma, inteligente a pesar de todas las apariencias, ha emprendido una retirada táctica tras su absurdo y plomizo artículo “¿Qué hacemos con ‘Lolita’?” publicado en El País del 21 de febrero pasado (¡“¿Qué hacemos con ‘Lolita’?”! Palabra. Laura Freixas está decidiéndolo. Nos mantendrá informados, espero). En un debate con el escritor —éste sí— Sergio del Molino dos semanas después de su desliz (ver el vídeo adjunto), pliega algunas velas de su aguerrido navío y dice que su diatriba no se dirige tanto contra Lolita en su calidad de obra escrita como contra las lecturas que se hacen de ella. Un paso atrás desganado, a rastras, después del patinazo.
La cuestión de fondo, como siempre, es la libertad de expresión, en este caso en el arte. Más en concreto en la literatura. Un crítico literario no tiene más autoridad (y en general tampoco más criterio) que un juez o que un inspector de policía para decir qué se debe leer y mucho menos cómo, con qué filtro ideológico o con qué orejeras en las sienes, el filtro y las orejeras que se lleven esta temporada otoño-invierno. Largo, larguísimo invierno. Freixas escribe: “La obra de Nabokov debe ser leída, analizada y utilizada [!] para entender cómo el patriarcado…”, bla, bla, bla. Le perdona así la vida a Nabokov y accede a salvar a Lolita de la pira con la condición de que se lea, se analice y se utilice (¡se utilice!) como un instrumento para decorar el monotema obsesivo de esta mujer. Como bien señala Alejandro Lillo Barceló, Freixas usa un “tono autoritario y taxativo”, “dogmático”, que elimina gran parte de la riqueza de la obra para centrar la atención en un solo aspecto.
Algo parecido le ocurrió ya a Lolita cuando Nabokov la escribió. Entonces, otras mentes desatinadas la maldijeron como una novela erótica. Un poco más tarde, cuando su calidad se impuso, la bendijeron como una novela de amor. Cualquiera que haya leído Lolita sabe que no tiene nada de erótica, y que si hay amor, está metido en un contexto social y sobre todo personal delirante de obsesión, soledad y patología. Hay amor, como hay retrato de costumbres, pero no es una novela de amor ni un retrato de costumbres. Humbert Humbert narra la historia, así que ésta no puede dar más visión que la suya. Las escenas de maltrato y violación están elididas, con todo; es obvio que Nabokov corrió un velo de pudor, no por recato, sino porque no era una historia sicalíptica la que él pretendía contar, sino una tragedia destructiva. Una monstruosidad.
Ahora Freixas dice que Lolita presenta como algo justificable la violación de menores. Bueno. No sé qué novela ha leído esta mujer o bajo qué lámparas. Lolita provoca una sensación de desazón, de inquietud desasosegante, de repulsión. Humbert Humbert no suscita simpatía. Es sórdido. En el mejor de los casos, patético. No sé quién puede aplaudir su conducta. Claro que cada lector lee lo que quiere leer.
Ya le llegará el momento de probar las lenguas de fuego de esta inquisición laica a Cumbres Borrascosas, donde Heathcliff, secuestrador y maltratador de mujeres (y de hombres; Heathcliff no tiene la obsesión de Humbert Humbert aunque sí alguna otra), le cae bien a todo el mundo. El atractivo de los malotes. A muchas mujeres les chifla Heathcliff. Emily Brontë lo pinta muy viril. (No pretendo burlarme de Cumbres Borrascosas, aclaro: me parece una de las mejores obras de la literatura de todos los tiempos. Me estoy burlando de… otras cosas).
Luego vendrá el turno de Rousseau, un misógino confeso. Luego el de la Biblia, apología de la esclavitud, la matanza, la violación y el terror. Le llegará el turno también a Marinetti, a Manuel Machado, a D’Annunzio. A Federico Moccia. A La Cabaña del Tío Tom. A la literatura basura y a la literatura escoba. Nadie está libre de culpa para los cazadores de brujas a menos que demuestre sus utilidad a favor o en contra de las causas que Laura Freixas y las suyas tengan a bien señalarnos.
La literatura no tiene ninguna regla moral. Régis Jauffret, escritor francés perseguido por aludir de forma poco favorecedora a personalidades célebres en sus novelas, lo dice así: “Yo soy novelista, miento como un bellaco. No respeto ni a vivos, ni a muertos, ni su reputación, ni su moral”.
Es curioso cómo personas como Sartre, un tipo detestable, escapan de la quema. O Neruda, pese a sus odas a Stalin o pese a la violación (ésta no ficticia) de que hizo objeto a una criada tamil de la casta de los parias en un retrete de Colombo cuando él era cónsul en Ceilán: una violación que narra en sus memorias como una anécdota sin importancia. O pese a la célebre indirecta que le lanzó a su amada: “Me gustas cuando callas”. ¿Qué hacemos con Confieso que he vivido?
Lolita es una obra maestra. Emily Brontë me parece un portento literario. Rousseau, un genio. La Biblia una gran saga mitológica. Marinetti, Manuel Machado, D’Annunzio, grandes escritores. Como Sartre. Como Neruda. Moccia no me interesa en absoluto. De Harriet Beecher Stowe no he leído nada. Pero todos, incluidos los autores de la Biblia, al margen de su calidad personal o artística, tienen algo en común: escribieron, y bien está que sus libros, buenos o malos —en todos los sentidos— se expongan, y que todos tengamos la posibilidad de leerlos. Y si decidimos leerlos, bien está que lo hagamos sin ningún sentido del deber y sin tener que sacarles ningún provecho cívico del que nadie nos pueda pedir cuentas.
La apoteosis del discurso de Freixas en su debate con Sergio del Molino puede escucharse aproximadamente en el minuto 20:40 del vídeo cuando dice: “Los narradores y narradoras tienen que gozar de la máxima libertad, pero también hay que exigirles cierta responsabilidad”. Una frase escalofriante. La clave de esa frase está en estas dos palabras: ‘pero’ y ‘responsabilidad’. Bueno, y en ‘exigirles’. Tres palabras letales.
Esto de exigir responsabilidad a narradores y narradoras ya lo hemos visto. El realismo socialista. El costumbrismo pseudofolclórico. O las novelas de tesis, o los artistas por la paz en el mundo o por el Imperio hacia Dios o por tal o cual causa trascendente. Los abajofirmantes. La propaganda, la literatura “con mensaje”, “comprometida”. El arte a toque de corneta, los libros edificantes, didácticos, encaminados a la educación del pueblo o de la ciudadanía; la literatura que anuncia la buena nueva, la nueva era, la revolución mundial o el resurgir de la raza. O su variante pueril, la literatura optimista, terapéutica, motivadora, tipo Paulo Coelho.
Hace poco, el ayuntamiento de una ciudad mediana convocó un concurso de relatos para optar a un premio literario. Se trata de un ayuntamiento gobernado por la izquierda, pero para el caso es lo mismo. En las bases del certamen se podía leer que el jurado se reservaba el derecho a “no admitir a concurso aquellos originales que, entre otros, atenten contra los derechos a la intimidad, honor y propia imagen de terceros, o que contengan connotaciones racistas, sexistas, sexo explícito o cualesquiera otros que atenten contra la dignidad, contra la moral o contra el orden público”. Es decir, no pedían relatos, sino propaganda. En España, a principios de 2018. En un ayuntamiento del PSOE. Cincuenta años atrás, bajo el franquismo, pocos jurados habrían sido tan obscenos.
En ésas estamos. A la nueva inquisición laica se le ha ido la mano esta vez con la tentativa de Freixas. Matizan, ralentizan el bólido, pero ahí siguen. Como muy bien dice Sergio del Molino en el debate con Freixas, “Lolita no es una apología de la violación, pero ¿y si lo fuera? Daría igual; no creo que eso sea un argumento suficiente para quemar la novela”. ¿De qué hay que proteger a la población lectora exactamente? ¿De lo que nos repugna? ¿De lo que nos repugna a quiénes? Hoy por hoy a Freixas, supongo. El nuevo Index. No: que cada uno responda ante sí mismo de sus propias repugnancias. El Mein Kampf se publica, y está bien que así sea. Es un libro pésimamente escrito y destila veneno, pero no hay que proteger a nadie contra la mala escritura, y si alguien es lo suficientemente imbécil como para tragarse ese veneno sin escupirlo, merece el castigo de haber leído semejante engendro.
Por cierto: Freixas, en su vehemente ataque contra Lolita, arrambla también con Tiziano y su cuadro La violación de Lucrecia. Según ella, Tiziano “estetiza” y “edulcora” la agresión de un hombre contra una mujer porque en la representación del lienzo no hay sangre y la violación no es explícita. A mí, como a Alejandro Lillo, el cuadro me parece terrible. Es una obra de arte y, como tal, claro que “estetiza”, pero no veo el edulcorante por ningún lado. Basta observar detenidamente los rostros de Lucrecia y de Sexto Tarquinio para ver de parte de quién está Tiziano.
Para acabar. Libertad de expresión absoluta. Ni buen gusto, ni moral, ni orden público ni patriarcado ni mandamientos. Ni cordura ni sensatez ni medida. Libertad del arte y de la literatura para defender lo indefendible y atacar lo inatacable. 
Obligaciones del arte: ninguna. Única condición: búsqueda y, si hay suerte, hallazgo de la belleza.
¿Qué hacemos con Lolita? Un consejo: leedla.

No hay comentarios:

Publicar un comentario