09 marzo 2018

Novela negra sin crimen, o el arte de imponer barco como animal acuático

—¿Cuál es la condición necesaria, básica, para que un texto narrativo pertenezca al género policiaco (o al género negro en general)? —pregunta Herr Professor el Recidivante.
El alumno del taller-pasatiempo no lo piensa demasiado y responde que tiene que haber un crimen. Pero Herr Professor, ése que siempre tiene el “no” a flor de labios, ha despertado esta semana de una larga, larga siesta, está cabreado y tiene hambre.
—No —dice Herr Professor—: para que haya género negro no tiene por qué haber crimen necesariamente. Lo que siempre tiene que haber es investigación.
No soy ningún experto en el género negro, ni en el género policiaco, una de sus variantes. Tampoco lo soy en el género rosa, aunque supongo que para que haya novela rosa, en la base tiene que haber un romance (a ser posible contrariado y finalmente triunfante).
Pero decir que puede haber género negro sin crimen —una especie de género negro blanqueado— es como decir que… ¿Qué? Que el sapo puede tocar la bandurria con los zancos estivales mientras sopla el cierzo al albur del altiplano. No: el sapo no puede tocar la bandurria y punto. Lo demás sobra. Claro que Herr Professor siempre podrá conseguir que se acepte barco como animal acuático, tal y como nos mostró hace años un famoso anuncio televisivo. A nadie, en el taller-pasarratos, le va a importar demasiado el carácter inanimado del barco, y Herr Professor nunca se ha sentido obligado a razonar sus afirmaciones.
Pongamos un relato policiaco. Más aún, pongamos ese animal fabuloso, el último hallazgo literario de Herr Professor: un relato policiaco sin crimen. Al parecer lo que sí tiene que haber es investigación. Los detectives se pondrán a investigar, entonces. Pero ¿qué? Pues si no es un crimen, investigarán la cura del cáncer, digo yo. O investigarán la anatomía de los crustáceos, o la anatomía de algunos crustáceos. O mejor aún, el sentido de la vida. Eso es: se meterán en la biblioteca del Museo Británico y hundirán sus narices en todos los códices e incunables a su alcance hasta dar con el sentido de la vida.
—¡Un momento! —dirá alguien afecto a las teorías vanguardistas de Herr Professor—: menos cachondeíto. Los detectives pueden investigar, por ejemplo, la desaparición de un anciano, aunque el anciano no haya sido asesinado, ni secuestrado, ni víctima de ningún crimen. Al abuelo se lo puede haber llevado una ráfaga de viento.
¿Eso es un relato policiaco? No. Para que haya relato policiaco no basta con que haya policías. Los policías pueden dedicarse a ayudar a las viejecitas a cruzar la calle o pasarse el día poniendo multas de tráfico. En el caso de un abuelo al que se lo lleva el viento, y puesto que partimos de la base de que no hay crimen, ni siquiera encontramos un conflicto; no podemos afirmar que lo haya con los datos que tenemos. Es la teoría, de la que hablaba Isabel Calvo, del piano que le cae encima por accidente, al final de la historia, al protagonista desde un quinto piso y lo mata, resolviendo así todo posible conflicto. La aparición de un agente externo, azaroso, sorpresivo, ajeno al (en este caso hipotético) conflicto. No. No vale que los policías se pasen diez, cien o trescientas páginas investigando la desaparición de un anciano y que al final resulte que éste se había ido a por tabaco. Con eso se puede construir una buena narración, por qué no, pero no una narración policiaca.
El “no” proverbial de Herr Professor llegaba lejos: para que podamos hablar de género negro, sostenía, puede no haber un crimen, pero necesariamente tiene que haber una investigación. Uno de los relatos leídos por un alumno en el taller vino a mostrar que es todo lo contrario: tiene que haber un crimen, pero no necesariamente una investigación. En ese relato se narraba la planificación, la elaboración y la ejecución minuciosa de un crimen, pero no había investigación alguna. Ni siquiera había ningún detective a la vista, y a nadie le cupo duda de que se trataba de un relato negro, y bastante bueno, por cierto. Autores como Marcelo Luján cultivan el género negro sin necesidad de narrar una investigación, centrándose en el crimen y en las motivaciones de los personajes para participar o no en el crimen.
Después del plato fuerte vinieron los postres. Herr Professor destacó el mal uso del gerundio en un contexto concreto porque se creaba ambigüedad en cuanto al sujeto. Corrección muy razonable; el problema es que cuando el alumno le da la razón y añade que el gerundio en ese caso además no cumple con la condición de simultaneidad, Herr Professor tiene que hacerse valer e insiste en el asunto de la ambigüedad. Él está hablando de la ambigüedad, no de la simultaneidad. Hay quien hace notar que una cosa no quita la otra, sino que pone, pero Herr Professor tiene que dejar claro que él habla de ambigüedad. No de simultaneidad, que quede claro. De ambigüedad. En fin, Herr Professor y sus cosas.
Por último, ante una propuesta de ejercicio, un alumno le pidió algún ejemplo de relato humorístico, y Herr Professor no dio ninguno. Suele ocurrirle esto, lo de decir cosas sin razonarlas ni ejemplificarlas, sin tenerlas preparadas, siquiera lo suficiente como para dar un título de relato humorístico. O para dar el título de una narración policiaca sin crimen, ya puestos. (Otro alumno apuntó los relatos protagonizados por el personaje Guillermo, de la autora inglesa Richmal Crompton, como ejemplos de cuentos humorísticos, pero no consiguió hacerse oír). Herr Professor no quiere líos, al menos no de este tipo, que requieren discusión, diálogo, incluso argumentación. Si monta líos, que sea por las investigaciones, los crímenes y los gerundios con ambigüedad en exclusiva.
Herr Professor llevaba meses dormido. Con la proximidad de la primavera ha despertado, y no de buen humor. Bueno sería que volviera a dormir, si es posible The Big Sleep. Bueno para todos, sobre todo para él.

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