02 febrero 2018

Estupidez y/o decálogos literarios

La estupidez ha jugado —y juega— un gran papel en la búsqueda de la verdad. Casi todo lo que se ha avanzado en esa búsqueda ha sido fruto del combate no tanto contra el error como contra la estupidez. La estupidez, esa roca inexpugnable que destroza todo lo que choca contra ella según Flaubert, pero contra la que, pese a todo, hay que seguir embistiendo en una especie de trabajo de Sísifo horizontal. ¿Se la puede rodear? No. Hay que darse de cabezazos contra ella. La estupidez es la peor plaga, la que carcome la lucidez y la inteligencia: es necesario atacarla de frente, sobre todo cuando, como ahora, impera tan a sus anchas que llega a adquirir a bajo coste cierto prestigio social. Del combate surge la verdad como de la fricción surge el fuego. La mayor parte de los grandes escritos, o al menos de los más sabrosos, han sido polémicos (desde la lucha entre herejías y ortodoxias a la lucha de unas escuelas filosóficas contra otras), y la literatura no escapa a esta realidad. Heráclito dijo que la guerra es el padre de todas las cosas, y no parece que se equivocara. De la paz sólo puede nacer el bostezo y el musgo. El conflicto —una de las condiciones, seguramente la principal, de los textos narrativos— hace saltar chispas, estallar volcanes, brotar pensamientos y pasiones a chorro; provoca crímenes y actos heroicos: es la génesis de todas las cosas.
En los talleres literarios, la estupidez se agazapa y se te arroja a la cara cuando menos te lo esperas. Es producto de la sobrevaloración o de la mala clasificación de una “disciplina” —la literaria— que no tiene nada de disciplinada; de un “oficio” —el literario— que no tiene nada de oficial. Y de otras cosas, claro: de hacerse una idea equivocada de lo que las cosas son y equivocarse también con la propia valía y con la valía ajena. Como he dicho más de una vez, un profesor de escritura creativa no puede ser más que un animador, y eso con suerte y si tiene un buen día. Pero algunos caen en la tentación senil de convertirse en conferenciantes verborrágicos y pomposos, se encasquetan una tiara de cartulina llena de la dignidad de un tarugo pretencioso y no sólo no animan a la participación sino que, al contrario, consideran cualquier aportación que no sea corifea de sus clases magistrales de divagación como una grave ofensa. Gente que confunde un taller, un sitio al que se va a trabajar, con una sala de conferencias o con un club de las lecturas de sus preferencias. Son muy pocos los que así se comportan, es verdad, y suele vérseles venir de lejos, pero comoquiera que sea dan la talla minúscula de la literatura (sic) entendida como un pretexto para alimentar eguitos y recoger de paso algunas monedas en la gorra.
Una muestra de esta actitud estúpida es la puesta sobre la mesa de decálogos literarios. Pocas veces surgen en los talleres de escritura —un mínimo sentido del pudor lo impide—, y cuando surgen no suelen ocupar más de diez o quince minutos y se les relativiza severamente. Cuando alguien, en cambio, dedica toda una sesión o más a comentar un decálogo, está enseñando sus largas orejas bajo la tiara de cartulina. Subliminalmente, el propio concepto de decálogo repele a la inteligencia: evoca las tablas de la Ley, la palabra de Jehová, los mandamientos. Es imperativo, admonitorio, señala un breviario. Una estupidez que sólo alguien vago, ignorante o totalmente desnortado se tomaría o haría creer que se toma en serio.
(No hay que confundir los decálogos, dicho sea de paso, con los textos extensos, razonados y vivos de autores que muestran cuál es su forma de escribir y de entender la escritura. Su forma de escribir y de entender la escritura, que no obliga a nadie más que a ellos. La escritura es algo tan personal que su normalización, y más aún su normalización sumaria, es una aberración que, por desgracia, tiene cierto éxito en los talleres de pacotilla y por eso es tan nociva. La experiencia y la opinión ajena, en cambio, puede ser interesante, aunque lo es más aún la propia.)
Decálogos de más de veinte puntos, encabezados con un alucinante “Cómo escribir” (!), llenos de frases blandas, pastosas y líquidas como la baba, con olor a efectismo frustrado; unas frases que abochornarían al mismísimo Paulo Coelho, tales como “No resultar obvio”, “No escribir de menos”, “No escribir de más”, “Encontrar la palabra exacta”… Claro. Y Si quieres, puedes, y Persigue tu objetivo y no dejes que nadie te desanime, y El que a buen árbol se arrima buena sombra le cobija, y No por mucho madrugar amanece más temprano. Aunque cuando deja de lado las simplezas y trata de aportar algo original, la cosa empeora: “No hacer protagonistas ignorantes o locos”. Esta luminaria que nos dice cómo debemos escribir sentencia a la hoguera en seis palabras a Don Quijote de La Mancha, La familia de Pascual Duarte, Matar a un ruiseñor, La campana de cristal y algunas otras novelillas menores por el estilo.
Pero basta. Como dijo Somerset Maugham, “hay tres reglas básicas para escribir una novela: Desgraciadamente, nadie sabe cuáles son”. Enzensberger tuvo menos miramientos: “Un escritor que establece preceptos para otros escritores es un idiota”.
Un compañero de talleres me contó hace unos meses una anécdota de la que había sido testigo. En un taller de escritura, el profesor explicaba la cartilla, hablaba y hablaba, dibujaba esquemas y trazaba resúmenes en la pizarra, citaba, recitaba, declamaba, en definitiva: soltaba su rollo. Una chica bastante joven, entre tanto, anotaba en una libreta las explicaciones del profesor, llenaba páginas y páginas reproduciendo esas explicaciones sin abrir la boca y prácticamente sin respirar. Y así durante las dos horas que duró la clase. Sólo al final alzó el brazo para pedir la palabra. Todos la miraron con expectación. Y la chica preguntó: “¿Los talleres de escritura sirven para algo?”
La pregunta no es fácil y se presta a todo tipo de exageraciones en todos los sentidos. Probablemente la muchacha no dio con un profesor muy estimulante. Mi experiencia me dice que si no has escrito nunca, un curso completo de un taller, quizá dos cursos completos, pueden servir, si se da con un buen profesor (es decir, alguien con conocimientos suficientes como para saber que las normas son muletas y que lo importante es llegar a andar sin muletas) para conocer la técnica y luego hacer con ella lo que se quiera, atenderla o desatenderla, cambiarla, romperla, inventarla, crearla, destruirla. Más de dos años de talleres, sin embargo, son una pérdida de tiempo y de dinero. Y también de categoría.
Si ya se tiene cierta experiencia y esa experiencia apoya la propia pasión por la escritura, los talleres breves y gratuitos pueden estar bien para conocer gente afín, imponerse la costumbre de no abandonar la escritura y compartir opiniones en caso de no pertenecer a ninguna secta o capilla literaria. Si ya se pertenece al mundo literario, en cambio, no hay necesidad de molestarse, sería perder el tiempo.
Claro que la mayor parte de los escritores no pertenecen a ese mundo. La escritura, el arte en general, es un placer solitario si quiere ser auténtico. Y quiere. “El único desarrollo espiritual posible se encuentra en el sentido de la profundidad. La tendencia artística no es expansiva, sino una contracción. Y el arte es la apoteosis de la soledad”, según Beckett. En los talleres, de vez en cuando, se encuentran solitarios que profundizan y se contraen.
También se encontrará gente que asiste para estar calentito en invierno o fresquito en verano, desde luego, o para escuchar una voz distinta a la de su parienta o su maromo. Pero conocer alguna gente con pasión por la escritura, que puede errar o acertar, pero que huele la estupidez a millas de distancia y que en lugar de esquivarla la embiste, sólo eso ya merece la pena. Cuando se encuentra es un tesoro. Pero si no se encuentra, es preferible largarse a jugar al mus al bar de la esquina en busca de inspiración.
En los talleres, al menos en un taller ideal libre de pontificadores narcisistas, debería recibirse a la gente en la puerta con un té con pastas, una sonrisa en los labios y las palabras de Rilke y alguien más, ésas que más o menos dicen así: No escribas. Escribe sólo si no puedes evitarlo.

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