09 noviembre 2017

Maternidad (relato)

Uno
Jorge es un niño de pelo rubio que oscurece. Aquel día llevaba pantalones cortos, recuerda el desconocido. Alguien le dejó en la puerta del bar donde trabaja su madre como cocinera, en el centro de Madrid. Hacía sol. La madre estaba en un descanso, sentada frente a una mesa sobre la que se esparcían tacos de papeletas de participaciones de lotería y un tampón con su almohadilla azul. La mujer dejó de sellar. El niño se aproximó a la mesa. Un camarero negro le acarició la cabeza y le saludó:
—Jorge, campeón.
La madre vestía el uniforme blanco de la cocina. Era una mujer como al borde de los treinta, alta y con un buen tipo, y tenía el pelo marrón recogido en un moño sencillo. Cuando Jorge llegó tambaleante hasta ella, le alzó sobre sus rodillas. El camarero negro se metió detrás de la barra. El niño, risueño, tendió las manos hacia las papeletas y el sello del bar que se presentaban ante él sobre la mesa.
—¿Ves? Así. Muuuy bien.
Eso recuerda el desconocido que canturreó la madre al niño mientras le tomaba la mano derecha, con la que Jorge sujetaba el mango del tampón, y la hacía descender con fuerza sobre las papeletas, una tras otra. Las manchas rectangulares de tinta azul marcaban aquellas papeletas bien impresas, de una en una, con golpes amortiguados.
El desconocido se acercó a la mesa. La madre le había saludado jovial cuando había entrado en el bar y parecía una mujer asequible. El desconocido acarició la cabeza del niño y le apartó un mechón de flequillo.
—¿Cómo te llamas, bonito? —le preguntó.
—Jorge Baeza —dijo el crío con voz animada, sin parar de sellar.
—Jorge Baeza Álvarez —dijo la madre mirando al niño—. Que no se te olvide nunca.
—Claro que no —dijo el desconocido—. El apellido de tu madre es muy importante. ¿Cuántos años tienes?
—Dos —contestó la madre. Y enseguida, con tono alto, le susurró al niño—: Ya tiene edad de ser útil, ¿eh?
El desconocido volvió a la barra y se puso a hablar con el camarero negro. La madre se levantó de la silla con una maniobra que le permitió dejar al niño sentado, sellando. Se mantuvo unos momentos detrás de él, observándole. El niño sellaba deprisa.
—Así. Muuuy bien. De una en una. Aaasí. A ver si consigo que sirvas para algo.
La voz de la madre era cantarina. Agradable. Al desconocido le pareció una mujer atractiva, o más bien excitante. No sólo físicamente: su voz, su desenvoltura, su simpatía, y quizá ese uniforme que casi parecía un pijama semiholgado, semiceñido y que resaltaba sus muslos, la hacían, no sólo excitante, sino incitante.
La mujer entró un momento en la cocina y desapareció de la vista del desconocido. Jorge seguía sellando papeletas. Llegó un momento en que se cansó y resbaló silla abajo hasta quedar de pie frente a la mesa. Apenas llegaba a los tacos, pero no dejó de sellar.
El desconocido se le acercó y le volvió a sentar en la silla, pero el niño era demasiado pequeño, estaba demasiado cansado, y volvió a deslizarse hasta el suelo.
Con el paso de los minutos, Jorge empezó a sellar con menos ímpetu y a pasar las papeletas, no de una en una, sino en tramos al azar de sus dedos.
—¡De una en una! —le dijo la madre a su espalda. La mujer se inclinó sobre el niño por detrás y le mostró lo que quería de él manipulando sus manos—. ¿Ves, Jorge? Así. De una en una, cariño.
El ritmo de los golpes del tampón decayó. Un hombre apareció en la puerta del bar con su hijo, un niño de unos ocho o diez años vestido con una camiseta de fútbol roja y blanca. El hombre dio a Jorge un golpecito en la nuca al pasar.
—¡Pringao! —le dijo como saludo.
Resultó que ese hombre era hermano de la madre, recuerda el desconocido. Se puso a hablar con ella al fondo del bar, en la penumbra. El primo mayor de Jorge empujó al crío. Le hizo caer al suelo y le ayudó a levantarse a tirones. Jorge se echó a llorar. El primo le dio un capón y le zarandeó por los hombros.
—¿Qué pasa, pringao? ¿Qué te pasa? ¿Eh?
Eso dijo el primo de rojo y blanco a Jorge. Luego se separó de él unos palmos y atendió al televisor pendiente de lo alto, sobre la puerta de salida. El tío de Jorge volvió junto a los niños. El primo estaba tranquilo, con los codos apoyados en una mesa. Jorge gimoteaba inestable, de pie.
—Siempre está igual, papá —dijo el de rojo y blanco a su padre señalando a su primo con la cabeza.
—¿Ya estás otra vez, llorica? —dijo el tío a Jorge—. Niñato de las narices. ¿Vas a ser un pringao toda tu vida?
Jorge balbuceó algo, pero no se le entendía. El desconocido de la barra se indignó a un volumen bajo ante el camarero negro:
—Pero si ha sido el mayor el que ha empezado a incordiarle —susurró.
El camarero asintió con una resignación que parecía rutinaria, bajó la vista y luego la alzó hacia el techo sin mover la cabeza. La madre volvió a la mesa.
—¿Ya te has cansado de sellar? —canturreó al crío—. Vamos, a sellar ahora mismo. De una en una.
El niño se tambaleó. Refunfuñó. No colaboraba. La madre le apartó al pasillo del bar y se sentó en la silla después de girarla y dejar las papeletas a su derecha. Se situó frente a Jorge, que extendió los brazos hacia ella gimiendo. La madre miraba al niño a intervalos y no decía nada, ni siquiera abría la boca. Sus ojos eran indiferentes, como si no pudieran ver al crío. Jorge se cayó —quizá se tiró, piensa el desconocido— de espaldas al suelo y rompió a llorar boca arriba mientras movía los brazos y las piernas. Su llanto no era estridente, no llamó la atención de nadie: parecía destinado sólo a los oídos de su madre, a un paso de distancia.
Al cabo de un minuto, la madre se levantó brusca. Las patas de la silla arañaron las baldosas. Se inclinó y alzó a su hijo del suelo. Volvió a sentarse en la silla con él en brazos. Se desabrochó unos botones intermedios de la chaqueta blanca y acercó el pezón rosa de un pecho pálido y lleno a la boca del niño.
—Dame un gin tónic, anda —dijo la madre al camarero negro.
Mientras Jorge mamaba, la madre le dio un trago largo a su copa. El desconocido recuerda cómo, tras el segundo trago, la mujer le sonrió, le guiñó un ojo y le dijo:
—Tómate otro. Te invito.

Dos
Siete días después, Jorge Baeza Álvarez se sentaba ante la misma mesa del mismo bar, pero le acompañaba otra mujer en el asiento contiguo. La mujer tenía la cabeza inclinada, casi pegada a la del niño. Jorge estaba repeinado, recuerda el desconocido, y tenía el pelo brillante, con unas ondulaciones forzadas sobre su cabello liso, que lucía un color menos claro que antes, prácticamente un marrón oscuro. Aunque era jueves, la ropa del niño estaba inmaculada, planchada: jersey a rombos y pantalón gris, todo con aspecto de misa. Quizá el crío había estado en una comunión o en una boda. Era principios de noviembre y a esa hora ya caía el sol, pero la temperatura aún era templada y la puerta del bar estaba abierta. Había un paso despejado en el interior hasta la terraza de mesas y sillas metálicas de la calle, llenas de público animado.
El desconocido le pidió al camarero negro lo de siempre. Observó que sobre la mesa que Jorge compartía con aquella nueva mujer no había papeletas.
—Las participaciones ya se han sellado —le dijo el camarero negro—. Todas.
—¿Ves? —le dijo la mujer a Jorge mientras recorría un atlas abierto y colorido con un dedo—: esto rojo pequeño con forma de lagrimita es la isla de Ceilán. Allí hay mucho té y muchos elefantes. Está al lado de la India. Mira, aquí, este país verde, el de arriba.
—¿Y esto azul grande? —preguntó Jorge sin dejar de mirar el dedo y su recorrido.
—Eso es el mar. Con los tiburones y los piratas.
La mujer sonrió y abrió la boca ante la cara de Jorge con una amenaza de mordisco. Jorge no reaccionó. Se quedó mirándola como si pensara con la mirada, por decirlo así. La mujer tenía el pelo cuidado, en media melena. Llevaba puesto un vestido verde oscuro. Parecía una mujer que olía bien. Todos tenían un atuendo informal en el bar excepto la mujer y Jorge, recuerda el desconocido.
—¿Tú has estado allí? —preguntó Jorge.
Sobre la mesa se esparcían unos cuantos libros abiertos con letra grande. Libros de matemáticas, de cuentos, de geografía, todos infantiles. El desconocido los atisbó desde la barra. Todo el mundo hablaba a su alrededor, pero sólo la conversación de Jorge y la mujer le parecía inteligible.
—Sí. Estuve en Ceilán el año pasado, de veraneo —dijo la mujer.
—¿Y viste a los tiburones y los piratas?
—No. Los tiburones y los piratas sólo están en el mar, muy muy adentro. En Ceilán-Ceilán, en tierra firme, no hay. Sólo hay cosas bonitas, muchos árboles altos y gente simpática.
—¿Y está muy lejos Cei… lán?
—Muuuy lejos. Al otro lado del mundo. Mira, Jorge: esto de aquí es la península de Malaca…
Las campanas de la iglesia que está junto al metro de Iglesia dieron un cuarto.
—Dame una participación de lotería —le dijo el desconocido al camarero negro.
—¿Seguro? —contestó el camarero mientras se rascaba la nuca—. Esta mierda no toca nunca. Como mucho la pedrea. En cinco años que llevo aquí, nunca…
—Ya lo sé. Dame una.
Dejó tres euros sobre la vitrina. El camarero negro arrancó una participación de uno de los tacos trepados y la plantó con un golpe de mano sobre el cristal. El desconocido la recogió despacio y la observó. Había un sello azul borroso y tenue con otro nítido superpuesto. Nombre del bar, teléfono. Pidió otra copa al camarero. La madre de Jorge, vestida con ese uniforme blanco tan excitante, se le acercó. Tenía el mismo pelo recogido y el mismo moño sencillo de siempre, pero algunos mechones finos le caían por la frente. Le saludó con dos besos en el rostro. El camarero negro sirvió dos gin tónics. “Por los viejos tiempos”, le dijo la madre al desconocido. Brindaron.
—Mi cuñada —le dijo ella con el vaso en la mano después de girar la cara en escorzo hacia la mesa—. La hermana mayor de mi ex. Es maestra, como el cabrón de su hermano.
—Ah ¿sí? ¿Tu exmarido es maestro?
—Claro, ¿no te acuerdas de que te lo conté? Maestro y cabrón.
—No, no me acuerdo.
La tía dibujaba con unos lápices de colores un mapa esquemático de la India y Ceilán en una hoja de papel. Jorge miraba el dibujo como hipnotizado. El desconocido no podía apartar la vista de la mesa del niño mucho tiempo. El justo para dar sorbos al vaso y fingir que prestaba atención a las primeras palabras de la madre.
—Pues sí —sonrió la madre—. Y su hermana es maestra. Se le nota mucho, ¿a que sí? —Volvió a sonreír y acercó su pecho hasta el pecho del desconocido.
—No sé. —El tipo dio un trago y se le coló un hielo pequeño en el gaznate. Tosió un segundo y se levantó del taburete—. ¿Por?
—Por su pinta de puta. Mira qué medias. Todas las maestras son unas putas. —Abrió los brazos—. De eso te tienes que acordar, querido: eso me lo dijiste tú el otro día.
—Puede. No lo sé. No me acuerdo. —Dio otro trago, esta vez sin sorpresas—. El otro día tomamos demasiados gin tónics como para recordar detalles.
El camarero negro había abandonado la barra. Una ayudante de cocina asomaba de vez en cuando a la portezuela que daba al mostrador. La tía de Jorge acariciaba las mejillas del crío y le pasaba la mano por el pelo, pero los rizos desiguales persistían.
—Oye, lo del otro día… —empezó a decir la madre al desconocido.
—¿Qué le has puesto en el pelo? —dijo él—. Lo tiene como rizado y oscuro.
—¿Perdón?
—A Jorge. ¿Qué le has puesto en el pelo?
—Laca. De la mía. Hoy ha estado en un sarao elegante de su padre. ¿Por qué?
—Por nada.
El desconocido pensaba que Jorge tenía aspecto de haber sido peinado a manotazos. La tía abandonó su pelo y abrió otro libro sobre la mesa, pero Jorge sólo la miraba a ella.
—¿Por qué te pones ahora a hablarme del crío? —le dijo la madre al desconocido.
Lo que siguió fue una conversación llena de accidentes verbales, de amagos y de interrupciones. Al desconocido tuvieron que recordarle que el exmarido de la madre era un maltratador. Un violador. “Sí, querido: dentro del matrimonio también hay violaciones, ¿no lo sabías, criatura? Pues sí, las hay. Y de esas violaciones a veces nacen adorables niños rubitos”. Le recordaron que el padre se negaba a pasar la pensión de su hijo. “¿Qué quieres que haga? Tengo que hacer aquí catorce horas diarias para pagar el alquiler. ¿Sabes por qué le doy el pecho todavía al niño? Para ahorrar. Si no es por mi hermano…”. Al desconocido tuvieron que recordarle que a la madre sólo su hermano la había salvado de un marido demasiado aficionado al uso de las manos.
—No puedes entenderlo —terminó la madre por el momento—. No puedes entender lo que significa que ese cabrón me haya jodido la vida.
—Puede. Pero Jorge tampoco puede entenderlo.
—Pues se va a enterar.
Jorge seguía pegado a su silla. La tía alzaba las manos frente a él girándolas en torno a las muñecas. Parecía cantar una canción. Al desconocido le sonó desafinada, pero no podía fiarse de su oído.
—Podrías haber abortado —dijo el desconocido.
—Mi marido me obligó a tenerlo. ¿Sabes que me daba reglazos en las palmas de las manos cuando estaba embarazada? El malnacido es de la vieja escuela. Le hacía ilusión un hijito y punto. Pues eso, que me hace el hijo, me obliga a parirlo a hostias y luego se larga. Píntame eso de verde, bonito.
El desconocido pidió otra copa. Se la puso la ayudante de cocina. La madre le hizo a su compañera un gesto con la mano que significaba que no quería tomar nada.
—Te entiendo, pero… Es que estás jodiendo a Jorge —dijo el desconocido.
—Mi maromo me pegaba. Yo nunca he pegado al niño. Nunca. A pesar de todo, le quiero.
—Estaría bien que él lo notara. Mírale. —La madre giró la vista a la mesa y al instante se la devolvió al desconocido—. Con su tía está feliz.
—A la mierda. Ni tú ni su tía la feliz tenéis ni puta idea de lo que es ser una madre.
—Es posible. Pero tú tampoco.
—¿Qué quieres decir con eso, lumbrera: que soy una mala madre?
—Creo que eres una buena persona…
—Qué coño sabrás tú de madres ni de personas.
—… Pero lo de ser madre… Eso sólo podrá decírtelo Jorge cuando saque la cabeza del infierno. —El desconocido se volvió a sentar en el taburete.
—Quéee bien hablas, borracho asqueroso. Impoteeente —canturreó la mujer sonriendo con sus labios húmedos a la oreja del desconocido. Luego tomó un paño del mostrador y se dirigió al interior de la cocina.
—¡Espera…! —empezó a decir el desconocido, pero la última sílaba quedó suspensa.
—¿Te acuerdas al menos de mi nombre o es que ya te has privado demasiados gin tónics? —contestó la madre tras volverse desde la oscuridad del pasillo. Le guiñó un ojo y desapareció.
El camarero negro, que entre tanto había vuelto a la barra, enjuagaba vasos de tubo y tazas en el fregadero. La espuma del detergente se teñía del amarillo pardo de los restos de refrescos y cafés con leche. El desconocido esperó, no sabía bien a qué. Supuso que a acabar su copa. Quizá a vigilar a Jorge. Una vigilancia retórica e inútil, pensó. Seguramente todo aquello de permanecer en el taburete no era más que inercia.
El niño casi adolescente con camiseta de fútbol merodeaba por el local pero no se acercaba a la mesa de Jorge y su tía. En realidad nadie se acercó a la mesa de Jorge ni le habló mientras su tía estuvo con él, recuerda el desconocido. Cuando alguien pasaba cerca de esa mesa, pasaba rápido. La madre, el tío materno, el primo, hasta el camarero negro, la sorteaban. Era como si hubiera un cordón invisible alrededor de la mujer y de Jorge.
—Bueno, Jorge, yo me tengo que ir —le dijo al niño su tía mientras se guardaba el móvil y el tabaco en el bolso. Sobre su mesa no había rastro de consumiciones.
—¿Por qué? —le preguntó el niño. Bajó al suelo desde la silla, se puso frente a su tía y la miró con los ojos abiertos y las cejas alzadas. La mujer sonrió.
—Porque tengo que irme a hacer mis cosas.
—¿Qué cosas?
—Lavar la ropa, hacer la cena, muchas cosas —volvió a sonreír la mujer.
—¿Y no puedes hacerlas aquí?
—No, cariño, sólo las puedo hacer en mi casa.
—¿Y no puedo ir contigo a tu casa?
La mujer le acarició el pelo. Revolvió algunos rizos forzados de la cabeza del niño y enseguida se los atusó con las dos manos. Luego guardó los libros en un bolsón que recogió del suelo, de entre sus piernas. Entre los libros infantiles se deslizó un ejemplar de bolsillo de El círculo de tiza caucasiano con el marcapáginas muy avanzado.
La madre pasó por delante de la mesa y cambió el programa del televisor. En la pantalla apareció un concurso lleno de colorido y bruma luminosa. El presentador, con esa risa de los presentadores, recordó a una concursante que pretendía quitarse la blusa por el calor de los focos, quizá en broma, que aún se encontraban en horario de protección infantil. La madre salió a la terraza, encendió un cigarro y habló unos segundos con su hermano. Éste miró un momento al desconocido de los pies a la cabeza y le dedicó su boca torcida desde la distancia.
La cuñada se marchó por fin con sus libros. Jorge se quedó junto a la mesa. Posó las manos sobre el papel blanco con el dibujo torpe de la India y de Ceilán que le había hecho su tía. El desconocido se despidió del camarero negro, salió después de la tía y tomó la dirección contraria.
Al desconocido la madre de Jorge le parecía una mujer al dente: mullida pero no blanda, firme pero no dura. Eso iba pensando mientras bajaba la cuesta hacia la iglesia. Lamentó su mala memoria y su falta de freno verbal. Por encima de todo, lamentó haber dicho la estupidez sobre el infierno. ¿Por qué le había dicho esa estupidez precisamente a ella? Sacó la papeleta del bolsillo, la rompió y se volvió a guardar los trozos en el bolsillo.

Tres
En el bar quedaron el tío, el primo y la madre de Jorge. Y Jorge, con su camisa blanca abotonada hasta arriba y sus extraños rizos marrones en la cabeza. Ya había caído la noche. El primo le quitó el dibujo de la India, lo estrujó, hizo una bola y le dio una patada. La bola de papel quedó en el umbral. Jorge miró al suelo.
—¡Pringao! —le dijo a Jorge su tío de paso después de darle un golpecito en la nuca.
La madre de Jorge volvió a cambiar el canal de la televisión con el mando a distancia. Puso las noticias, pidió un gin tónic al camarero negro y, cuando éste se lo puso, lo tomó de tres tragos, dejó cuatro dedos de hielo en el vaso y volvió a la cocina.

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