19 octubre 2017

La bonita libertad de los mendigos

Ayer tuve una severa sesión, casi una ración embutida, de realidad virtual en uno de los talleres de “escritura creativa” gratuitos a los que —cada vez menos— asisto. Se trataba de escribir un relato sobre algo que los alumnos no entendiéramos. Ésa era la propuesta de la profesora, y allí acudimos con nuestros desconciertos puestos por escrito bajo el brazo. El campo era muy vasto: la incomprensión es el continente más extenso y más poblado del planeta, de eso no cabe duda. Se trataba, claro, de escribir sobre algo que no entendiéramos pero que quisiéramos entender. Es decir, sobre algo que nos suscitara interés. Curiosidad. De esto hablaremos más adelante. Uno de los relatos, de una compañera, hablaba de un mendigo sin casa que se plantaba en la calle con un vaso y no se comunicaba con nadie. O eso entendí; en todo caso el detalle de la narración no importa demasiado para el fin de este comentario.
Entiendo que no se entienda a un mendigo o que no se entienda la mendicidad. Y sus primos carnales, la locura y las adicciones, también son grandes incomprendidos (eso dice todo el mundo: que no entiende a los locos y los adictos, de donde se sigue que vivimos en un mundo muy cuerdo y muy saludable. Pero no divaguemos). El relato era bastante mejorable formalmente, y así lo hizo notar la profesora con algunas buenas sugerencias. El problema vino cuando se pasó de la forma al contenido. En los talleres literarios rara vez se habla con alguna profundidad del contenido de los relatos; ése es uno de sus muchos inconvenientes, y no el menor. Pero aquí se hicieron comentarios tan peregrinos como el de que “eso [vivir en la calle] es algo que nos puede pasar a cualquiera” o “hay gente que no encaja en la sociedad”. Comentarios dignos de la sala de espera de un dentista en hora punta. Comentarios a la altura del “no somos nadie” de los funerales o del “esto lo arreglaba yo en dos días” de las barras de los bares.
Tampoco se trata de dar con la piedra filosofal en dos horas, pero sí de buscarla. El escritor, o el que aspira a serlo, es aquél que lo pone todo en cuestión, que no sigue los caminos trillados. Claro que a un taller literario no sólo acuden escritores ni gente que aspira a serlo (incluidos los profesores), eso me parece cada día más innegable.
Escribir sobre un mendigo, o sobre la mendicidad, o sobre la vida en la calle, está bien, es un tema potente, universal. Puede escribirse sobre cualquier cosa; como también se dijo ayer, “incluso sobre algo tan fútil como una mosca”, pero en ese caso la mosca debe ser una mosca interesante. La mosca debe estar poniendo sus huevos sobre el cadáver de nuestra madre, no puede estar revoloteando alrededor del ojo de una vaca lechera. Y del mismo modo que puede aprovecharse una cosa fútil para escribir algo de interés, puede ocurrir lo contrario: que se tome un tema interesante y se trate a la ligera. Si escribimos sobre algo tan palmariamente sangrante como la mendicidad debemos ser lo suficientemente curiosos y respetuosos con el tema elegido como para meternos sin permiso en la cabeza de ese mendigo incomunicativo. Meternos en su mente, vestirnos con sus harapos, oler mal, mirar el vaso que él mira. Es decir, no hacerle un juicio rápido, sino abrirle un proceso en toda regla. La curiosidad del escritor no debe ser la curiosidad sumaria de una portera que chismorrea sobre la falda corta de la vecinita del quinto, que hay que ver, sus padres, cómo la tienen de consentida; por cierto, que me han dicho que al padre se le vio el otro día en… La curiosidad del escritor debe ser la del detective como poco, o la del investigador. Más aún, debe ser la del científico sobre el terreno, la del espeleólogo. ¿Quieres saber cómo es una cueva? Métete en una. ¿No estás dispuesto a meterte en una cueva? Perfecto: no escribas sobre cuevas. Hay miles de temas por ahí. Las moscas que revolotean alrededor de las vacas, por ejemplo.
El remate vino al final de los comentarios al fondo del relato. Se hizo el desafortunado comentario de que esta gente, los que viven en la calle, “tienen una libertad que nosotros no tenemos, porque no están apegados a los bienes materiales del modo de vida burgués” [música blues de fondo: un solo de armónica, por favor], acompañado de otras vulgaridades, en este caso falaces, propias de una quinceañera idealista de Puerta de Hierro y no de alguien vivido y curtido. El comentario fue moderadamente coreado. Al llegar a casa tuve que curarme la lengua porque me sangraba de tanto mordérmela. Quizá con ese comentario se quería ver el lado bueno de la indigencia o se le pretendía hacer un favor al mendigo del relato; sin duda la intención era buena. Las intenciones siempre son buenas, pero la realidad las echa a perder. No hay nada bueno, ni bohemio, ni molón, ni poético, en ser un muerto de hambre. Nada en absoluto. Está bien que la curiosidad nos lleve a la especulación, a las hipótesis de trabajo, cuando no conocemos aquello sobre lo que escribimos. Para eso está la documentación, pero, como dijo alguien (al margen de este taller del que hablo), siempre es mejor beber en las fuentes que en los charcos. Madrid está lleno de mendigos, y muchos de ellos están deseando contar su historia. Mejor hablar con ellos que repetir de oídas clichés de novela rosa con pretensiones sociales.

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