11 septiembre 2017

Galería de derrotados (relato)

Algunos de mis mejores amigos han muerto más o menos prematuramente. O han visto sus vidas devastadas por sí mismos o por otros en su camino hacia el final. No sé si eran buenas personas —sospecho que sí—, pero eso me tiene sin cuidado. Eran buenos amigos. Eso sí que me importa.
Estas personas fueron derrotadas, algunas tras una dura lucha, otras sin apenas defenderse; las hubo incluso que no tuvieron conciencia de que vivir supusiera tener que pelear. Comoquiera que sea, fueron derrotadas. Siempre hay alguien a mano que sabe que vivir supone pelear cuando tú lo ignoras; nunca falta quien te supera cuando juega con tu confianza y la traiciona con doctrinas ajustadas a la oportunidad. Ellos, los triunfadores, sin embargo, son gente muy poco interesante, muy vulgar, demasiado vista. Los triunfadores ni siquiera son felices. Como mucho están satisfechos a ratos, más o menos como todos. Nunca hay una buena historia detrás de un triunfador. Puede haber una historia entretenida, pero de baja calidad humana. Y aquí hablamos de seres humanos que pasan por la vida de visita, que curiosean, que cogen las figurillas de las estanterías y las vuelven a dejar donde estaban, que no tienen plano ni brújula o alguien se los ha birlado. Es decir, de perdedores.
A veces me preguntan por qué siempre escribo sobre personas desgraciadas. Suelo contestar que estaré encantado de escribir sobre personas felices cuando conozca a alguna.

José Luis P. se arrojó por la ventana desde la habitación de su quinto piso hace veintitrés años. No recuerdo si había llegado a la cuarentena, creo que no. Era alcohólico, estaba enfermo, le habían despedido hacía pocos años de un trabajo y una causa a los que había dedicado toda su energía. Un trabajo-causa de los que en los años setenta proliferaban: una causa-falacia a la que se entregó por un salario de miseria, a la que consagró toda su pericia. Y de la que recibió una patada en el culo. Una patada en el culo puede ser más o menos grave, dependiendo del culo, de la patada y del momento. En el caso de P. la patada fue mortal.
Se había separado recientemente de su mujer (en realidad ella le había despachado) y de su hijo, entonces pequeño, a quien apenas soportaba, quizá por celos, quizá por legado. José Luis era un tipo lleno de vida: siempre estaba de broma, nunca perdía el control, era gracioso, ingenioso, muy simpático. Tenía un punto ácido que hacía aún más agradable su trato, nunca fue agresivo. Esa acidez inofensiva era el síntoma de su conciencia de ser un derrotado. Había vuelto a casa de su madre y de su abuela después de toda una modesta vida construida y luego destruida. Y desde el cuarto que se le había asignado en la casa materna se arrojó una mañana no demasiado temprano, probablemente al despertar con la cabeza llena de resaca, o con el cuerpo más consumido que de costumbre. Probablemente puso el pie en el suelo —era verano—, vio la ventana abierta, el cielo azul, y no encontró una brizna de motivo para no arrojarse. Yo estaba al otro lado del teléfono cuando pregunté por él y su madre me pidió que esperara, que miraría a ver si su hijo estaba en casa. La mujer gritó, seguramente al ver la habitación desordenada y la ventana abierta y después de asomarse a la calle por esa ventana. Me pidió que colgara, angustiada. La muerte de José Luis fue un fracaso. Un fracaso de su madre, desde luego; también un fracaso de P. Un fracaso de los que le explotaron durante tanto tiempo, de los que le trataron como a un perro durante años con el hueso de la causa a la que P. era fiel y luego lo echaron a patadas cuando sus ladridos dejaron de hacerles gracia. Esos desgraciados fracasaron como seres humanos, José Luis no. José Luis sólo fracasó como miembro de esta sociedad mil veces más enferma que él. También fue un fracaso mío. Y, por encima de todo, fue un fracaso del género humano, sea esto lo que sea.
José Luis P. tenía miserias pasadas y puede que presentes. Su fidelidad al trabajo-causa le había llevado en ocasiones a ser un chivato, un palmero de los jefes de esa causa, muchas cosas despreciables pero eventuales. La fidelidad a las causas y no a los efectos lleva a ese tipo de miserias. Pero lo había superado. El desprecio previo y la patada en el culo final que lo mató al ralentí le hicieron desprenderse de la miseria moral a medida que aumentaba —aún más— su miseria material. Apenas sonreía. Su sentido del humor era seco pero cálido. Sus ojos parecían cansados, como sus hombros, y sus párpados tapaban la mitad de sus pupilas. Tenía una barba descuidada, o quizá desigual, y se sentaba en los taburetes de los bares encorvado, apoyando un codo en el mostrador, junto a su copa o su chispazo. Siempre trataba de engañar al camarero para sacar unas gotas de licor gratis. Pero era parte de su personalidad: no engañaba porque trataba de engañar. Era un pícaro entrado en años, demasiado reticente o demasiado perezoso para ponerse a rehacer una vida deshecha. No tenía fuerzas para levantar dos vidas en una sola biografía. Lo había intentado, lo había logrado y lo había perdido. Eso era todo, no estaba dispuesto a más. ¿Sabéis esas personas admirables que tropiezan y caen y se levantan, una y otra vez, con espíritu animoso, con una sonrisa en los labios, mirando al futuro con optimismo? José Luis no era una de ellas. Sobre el taburete, sus ojos con el cierre medio echado, decían: aquí estoy, esto que ves es lo que hay, no quiero ni puedo seguir tratando de engañar ni de engañarme.
Parecía desenvuelto; lo era, pero se había metido en un laberinto sin entrada ni salida. Sólo había una ventana, y saltó. Esperó hasta que hubo pasado de largo la última esperanza. No ya de rehacer su familia, sino de ser readmitido en el trabajo de su causa. Era un trabajo muy sui generis, pero para mal o para peor había sido su vida. Vivió más allá de ese trabajo porque le quedaba un hilo de esperanza. El hilo se rompió, y José Luis cayó al vacío. Nunca vio reconocida su labor por sus antiguos amos llamados compañeros. Ni siquiera la modesta labor de haber pasado por este mundo.

J. Rodríguez murió hace poco, en 2014, en plena cuarentena. Los Jethro habrían dicho de él que era demasiado joven para morir y demasiado viejo para el rock & roll, pero se habrían equivocado: J. era demasiado viejo para morir y demasiado joven para el rock & roll. Un tumor galopante acabó con él en dos días. J. no se cuidaba. Nunca estaba enfermo porque nunca iba al médico salvo cuando ingresaba por urgencias hasta que se recuperaba lo suficiente como para escaparse después de haber ligado con las enfermeras. No prestaba atención a su salud; la salud para él no era más que un combustible barato, algo que se usa y de lo que se abusa; algo de lo que se sirvió porque no le daba ningún valor esencial. Vivió-murió durante más de la segunda mitad de su vida. Dejó indefenso a su organismo, que era duro; pero él era más duro.
Había querido servir a la misma causa de José Luis P. Le habían prometido colocarle en un puesto para el que se había preparado e incumplieron su promesa; el golpe fue mortal e irreversible. Lo dio todo y no recibió nada. Perdió su familia, su mujer y su hija, con los que dejó de mantener casi todo contacto, por poner toda su carne en el asador de su compromiso. Pero el compromiso era todo suyo, no de sus prometedores incumplidores. Y el compromiso se le pudrió en las entrañas. Nunca lo abandonó, no lo echó fuera, únicamente se le coaguló. Claro que era alcohólico y drogadicto. Y un hombre triste que siempre estaba de broma. Fuerte, experto en toda clase de luchas y en toda lucha de clases. Nadie, que yo sepa, le venció en una pelea de hombre a hombre. Tuvo que ser él quien acabara venciéndose sin ayuda. No le gustaba trabajar. Siempre daba sablazos. Tampoco le gustaba hacer favores. Podía dar su vida por ti, pero le costaba ayudarte en una mudanza. Tenía una doble cara, supongo que como todos. Pero él exigía ser querido no por su carácter, ni siquiera por sus actos, sino por el simple hecho de existir. Pedía demasiado, probablemente.
Siempre estaba moviéndose, los brazos, las piernas, el torso. En los bares nunca se sentaba, se movía en un perímetro reducido. No sólo movía el cuerpo, incluso echaba la cabeza atrás, a un lado o al otro. Pasaba la vida en los bares moviéndose. Ese movimiento perpetuo era un efecto de los dos años de prisión militar que había sufrido en la mili. El gusto por el alcohol probablemente era otro efecto. No dudaba en sacar la cara en caso de que agredieran a un amigo, físicamente, literalmente. No era pendenciero, pero no era cobarde. No le importaba que los agresores de su amigo fueran más o menos, mayores o menores. Un amigo para J. era sagrado. J. no se enfrentaba con nadie, pero tenía la suficiente fuerza y habilidad como para destrozar a los que cometieran la imprudencia de enfrentarse con él. Cuando el número era muy alto, sabía sacar su dialéctica. ¿Tengo que enfrentarme con todos vosotros a la vez o de uno en uno?, decía sin inmutarse ante una manada de lobos.
Pero su fondo era de una derrota aceptada. Todos los perdedores saben que lo son. J. sabía que era un perdedor, que había perdido, y que eso era lo que tenía que arrastrar hasta el final: su derrota. Trató de administrar la derrota hasta que la dilapidó, y murió con cierta rapidez por suerte para él. Un pequeño regalo del destino. Morir rápidamente. Los que desencadenaron su derrota con la traición y la desconfianza ni siquiera hablan de él. J. no es un semejante para ellos; es un tema incómodo. O mejor un tabú. Ése es un gran honor para J., aunque ya dé lo mismo. Claro que J. tenía miserias, pero no más que el que esto escribe o que el que esto lee, así que no merecen más mención de que las tenía.

R. fue y será siempre mi mejor amigo en este mundo, y una de las tres o cuatro personas a las que más he querido y querré jamás. Amigo de la infancia: un compatriota rilkeano, un compañero de armas de juguete. Una persona bondadosa, probablemente la persona más bondadosa que he conocido en mi vida, y paciente. Era de los mayores de la pandilla, cuando pasábamos el día en la calle, entre piedras y palos, charcos y perros callejeros. Quería hacer cosas, quería salir del barrio, escribir un tebeo conmigo, vivir. Nunca se peleaba con nadie y nadie peleaba con él, ni los pacíficos ni los agresivos. Su bondad se manifestaba en que mantenía un equilibrio perfecto sin proponérselo, quizá sin saberlo. Era inteligente pero inocente, una buena combinación en un mundo perfecto; en este mundo, una combinación letal. Le perdí de vista a los doce años, cuando cambié de barrio. R. no era un marginal, no era un delincuente de poca monta, como tantos que proliferaban en nuestra calle. Era pobre, claro, como todos. Y la pobreza le llevó muy lejos en su camino, que se borró, aunque siguió avanzando, arrastrando los pies. Nunca escribió un tebeo para que yo lo dibujara.
Hará como quince años lo encontré casualmente por el barrio, entre baldosines y restos de descampado. No se había movido de allí. Naturalmente, estaba muy cambiado. No lo reconocí, fue él quien me identificó. No sonreía y su voz era plana. Recordamos fugazmente los viejos tiempos y, con la misma rapidez, nos pusimos al día, un día provisional. Mi relato fue muy magro y muy vulgar. El suyo fue más poético: se dedicaba a la marginalidad, a la lucha contra el sistema vía buscarse la vida al margen de las leyes y de los valores. No le hice preguntas. Hace sólo dos años volví a saber de él por un antiguo amigo común de la infancia: R. había vuelto a casa de sus padres, había sufrido un brote psicótico. No me detuve en su peripecia porque el amigo común no era tal amigo, sólo un conocido circunstancial. Pero no pude evitar pensar en R. y en lo lejos que la pobreza enquistada, aferrada a sus venas, le había llevado. Es absurdo pensar en lo que podría haber sido R. en una sociedad distinta, en un barrio distinto, en un país lejano. Es absurdo, por eso es inevitable. R. habría sido un hombre tranquilo, puede que incluso dichoso, en otras circunstancias. Habría merecido serlo si el mérito no fuera un timo: nadie merece lo que tiene, bueno o malo, simplemente lo tiene. En lugar de la recompensa a su mérito falaz, R. había obtenido la derrota. La derrota en una lucha que él ni siquiera había buscado. Él nunca se peleaba con nadie; no sabía que podían derrotarle sin pelearse. Pero dos sí se pelean si uno quiere. R. no quiso, pero el barrio le venció.

Basta ya. Hay más ejemplos, claro, pero no los daremos. No se trata de ser exhaustivos, sino de ejemplificar. Muchos antiguos amigos han sufrido la marca de la ganadería de la derrota demasiado pronto con o sin estocada final. Su vida ha terminado o se ha convertido en una agonía con lagunas. No pretendo elevarlos moralmente, sólo señalarlos en el mapa: existieron, existen, fueron y son nuestros hermanos, y conviene que se sepa.

Claro que no todos mis amigos más o menos cercanos han tenido destinos tan trágicos, sólo algunos. Algunos, que han sido derrotados y que no han tenido ningún homenaje. Dejo aquí estas palabras como un pequeño y extraño homenaje para compensar. Sólo los triunfadores reciben elogios. También entre los derrotados hay derrotados-triunfadores con triunfo moral, caídos con una bandera por mortaja. Los derrotados-derrotados, en cambio, no tienen ni mortaja. Rompo aquí la norma. Esto no es más que el elogio de los que han muerto o agonizan desnudos de banderas, de laureles y de consignas. El elogio de los restos de sus cenizas barridos bajo la gruesa alfombra social.

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