18 marzo 2017

Un taller de escritura a trompa talega

Acaba de terminar un taller de escritura creativa verdaderamente desconcertante. Uno de las bibliotecas regionales, breve, masificado y gratuito. Cuatro características que no permiten ponerse muy exigente, es cierto. Pero sí un poco. Un mínimo. Y este taller no ha dado la talla, valga el juego de palabras; no ha llegado al mínimo exigible. Decepcionante.
Por fortuna se trata de una excepción. Lo normal es que los profesores y sobre todo profesoras (son más numerosas) de los talleres públicos a los que asisto como alumno actúen con profesionalidad, competencia e incluso más celo del esperable dadas las circunstancias. Por eso llama la atención la desorganización y la ineficacia de este taller en concreto. Se ha impartido en un barrio burgués, o como mínimo acomodado, del norte de Madrid. Quizá el profe tenía prejuicios de clase inversos. No lo sé, pero sería un error, entre otras cosas porque muchos alumnos asisten a estos talleres, se impartan donde se impartan, incluso lejos de sus domicilios, por su falta de recursos económicos. Pero nunca se sabe lo que mueve a las personas a no actuar como no actúan.
Supongo que los profesores de estos talleres cobran poco. Está claro que no van a implicarse, pues, tanto como en un taller de pago, privado, largo y con un número de alumnos reducido, con sus vasos de agua y sus cuencos con caramelos sobre mesas sólidas y poco concurridas. Pero la negligencia casi absoluta, la dejadez y el desinterés (en el sentido menos halagüeño de la palabra) del conductor —es un decir— de este taller del que hablo me ha sorprendido. Lo primero que hizo este profesor, que ha actuado en representación de unos famosos talleres privados de escritura de ficción, fue crear una red de intercambio de archivos por correo electrónico para que los alumnos se comentaran sus textos entre sí (con poco éxito). Luego le entró un ataque de desidia y se echó a dormir. Trató de que un taller que, pese a todas sus carencias, era presencial, se convirtiera en uno casi online… pero sin su participación. Las lecturas de los textos de los alumnos en clase no tenían un orden ni un concierto; el profesor le decía a un auditorio perplejo y abarrotado en cada sesión: “¿quién quiere leer?”, pregunta asaz sorprendente. La pregunta más adecuada sería quién no quiere leer. Como es lógico, puesto que la asistencia es voluntaria, todos queríamos leer. A eso íbamos. Pero no era posible que todos leyéramos en una misma clase por cuestión de tiempo y de masificación, así que todo aconsejaba adoptar un criterio razonable para que a lo largo de curso nadie se quedara sin leer y hubiera cierto equilibrio en el trato. Alguien (¿el profesor?) debía encargarse de administrar el tiempo. Pero el control y el seguimiento del profe en este y en todos los aspectos ha sido nulo. En plata: el tipo pasaba de todo, pero de una forma muy descarada. Desde luego no hubo malos modos ni nada por el estilo; nada que provocara tensiones ni mucho menos choques. Tampoco protestas abiertas. Todo eran buenas palabras y buenas caras. Simplemente el tipo llegaba y se sentaba a ver qué salía, con la plácida pachorra de un maestro de escuela decimonónico digamos que no muy activo. Hacía comentarios confusos y poco aprovechables a los textos y de ahí en adelante pasaba la bola. Para rematar, en los últimos cuarenta minutos de las dos horas de clase soltaba un rollo teórico —por cierto, lleno de improvisación y de lagunas— sobre mitología, cuentos tradicionales y psicoanálisis junguiano. Una tabarra abstracta, inaprensible y esquemática, sólo interesante para el interfecto, que parecía disfrutar con el sonido de su propia voz desganada y vacilante. Hecho todo lo cual, el tipo recogía sus papeles y sus aperos y se marchaba a casa con cara de satisfacción, aunque supongo que no la del deber cumplido sino la que le provocaba la idea de perder de vista durante una quincena a lo que él debía de considerar un rebaño molesto.
Un modelo, en resumen, de lo que nunca tiene que ser un taller, ni siquiera público y gratuito. Ejemplo del desprecio siempre tentador que los profesores mal pagados corren el peligro de sentir por los alumnos de caridad que nunca van a mirarle el diente al caballo supuestamente regalado. Un taller a trompa talega.
Hay que aclarar, por cierto, que estos “talleres gratuitos” en realidad no son gratuitos: los pagan los curritos madrileños, entre ellos los usuarios de los talleres, con sus impuestos y demás. Es aceptable y hasta comprensible, pues, que el profesor no se deje la piel por una paga supongo que escasa, pero no que se quede tanto con el personal.

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