03 marzo 2017

La Ley del 5 × 2 (relato)

Me dedico a seguir niñas. De día, cuando las acompañan sus padres. Para protegerlas. Nunca se sabe cuándo va a haber que aplicar la Ley del 5 × 2.
Ayer, por ejemplo. Esperaba en el banco para hacer un ingreso. Delante de mí había un tipo haciendo una gestión en ventanilla. Era mi día libre, pero llevaba material. El tipo sujetaba a una niña que apenas llegaba a la altura de la papelera y que me daba la espalda. Su abriguito claro me recordó a uno que yo había tenido de pequeña. Percibí el pensamiento de la niña. Supe que tenía “cuatro años” y que no sabía lo que es “cuatro”, y mucho menos lo que significa “años”. Percibí que el tipo que la sujetaba era su padre. Luego había un abismo. Me sentí algo mareada. Enseguida me recuperé.
—Levanta la cara —le dijo el padre a la hija—. Di adiós.
La cajera le tendió un caramelo y la niña se echó atrás. El padre tiró de su hija hasta la salida. La cajera se dispuso a atenderme, pero le hice un gesto de espera.
—Di gracias, buenos días, algo; no bajes la cabeza, habla con la gente… —le decía el padre a la niña mientras empujaba la puerta.
—Si reclaman mi ingreso, por favor, diles que tengo un caso de la Ley del 5 × 2 —le dije a la cajera. Asintió.
Salí del banco y seguí a aquel bigardo que continuaba dándole información errónea a la niña.
—Me da vergüenza ir contigo —vomitaba—; siempre tengo que hablar yo; ¿es que no vas a cambiar nunca? ¡Que levantes la cara, he dicho!
La niña hervía; estaba al límite. La gente pasaba y ella gritaba socorro con la boca cerrada. Tuve que actuar.
—Tú, malparido —le dije al padre encañonándole con el revólver—: métete en esta bocacalle. Suelta a tu hija.
La niña alzó la cabeza. Me miró. No tenía los ojos crispados. Entornó la boquita. Cuando la aparté del padre mostró algún diente.
—No levantes las manos, gilipollas —le dije al tipo—. ¿Te has creído que esto es una película? Quédate ahí. No hables.
—Llévese la cartera, señorita… —dijo.
—Guárdate tu sucia cartera. Te va a hacer falta para pagar tu entierro.
—Pero ¿por qué…?
—Échate atrás. Un paso. Ahí. La Ley del 5 × 2. Cinco tiros a dos metros —le dije, y disparé tiro a tiro, despacio: frente, cuello, pecho, barriga, entrepierna.
Aupé a la niña en brazos y la llevé a la agencia.
—¿Cómo te llamas, preciosa? —preguntó la encargada.
—Silvia. ¿Puedo ir con mi mamá?
—Claro que sí, Silvia. Ahora mismo.
—Gracias.
—Ponle un abrigo más grueso —le dije a la encargada—. Todavía hace frío.
La agencia está muy compartimentada. Yo salvo niñas; otros, niños; otras, ancianas, inmigrantes, etcétera. Cuando veo casos que no me corresponden aviso al responsable. No pagan mal, y el trabajo es gratificante.
Regresé a casa en metro. En el vagón una mujer leía con su hija sentada junto a ella.
—Estás muy callada, nena —dijo la madre.
—No tengo ganas de hablar —contestó la niña.
La madre le acarició el pelo y volvió al libro. La niña tenía siete años. Sabía qué es “siete” y qué es “años”. Dejé de sobar mi revólver recargado en el bolsillo y salí deprisa en la siguiente estación. Tengo que desconectar. Me estoy volviendo adicta al trabajo de asesina.

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