03 noviembre 2016

Sigan disparando contra el Cuartel General del sentido común

Durante la “Gran Revolución Cultural Proletaria” (1966-1976), Mao lanzó, entre otras, la consigna de “Disparar contra el Cuartel General” del Partido Comunista. Era una maniobra para mantenerse en el poder tratando de acabar con los burócratas intermedios que amenazaban su hegemonía. Para ello recurrió a la manipulación de los jóvenes guardias rojos a base de alimentar su ímpetu con eslóganes atractivos y en apariencia rompedores.
Desde entonces, de vez en cuando surge la expresión «revolución cultural» para denotar algo muy elevado, tan elevado como un globo voluminoso, vistoso, pero lleno sólo de gas.
Uno de los talleres de escritura en los que participo, uno gratuito de una biblioteca pública, continúa la tradición de la Revolución Cultural. De forma muy disminuida y pedestre, pero nunca hay que infravalorar a ninguna revolución cultural. Herr Professor ha lanzado esta semana la consigna de “Sigan disparando contra el Cuartel General”, en este caso el del sentido común relacionado con las normas de la narrativa.
La semana pasada hablaba en este blog de Talleres literarios y egos; ahora traigo la secuela: Talleres literarios y dar el pego. Herr Professor se ha echado al monte. Herr Professor tiene que dar el pego cuando algún alumno le supera o se le adelanta. Es Herr Professor.
Los nuevos tiros de Herr Professor contra el Cuartel General de toda la lógica han consistido en sentenciar que a veces, en una narración, “el cambio [que experimenta el personaje principal] es que no haya cambio”. Lo dijo así, palabra por palabra, y no se le cayeron los dientes, ni le partió un rayo, ni se despeinó. Lo blanco puede ser negro; lo redondo, cuadrado; un asno, maestro. Sí, supongo que todas esas cosas son posibles en una narración. Pero no en un taller, por muy poco que cobre el profesor. En una narración, sobre todo si es buena, siempre se engaña. Pero en un taller, engañar no es sexy. Ni siquiera adornando el argumento con discursos como que “el cambio es que no haya cambio cuando lo lógico, lo razonable, lo esperable es que haya cambio”. ¿Parece un galimatías? Efectivamente, lo es.
“El que sabe hacer, hace. El que no sabe hacer, enseña”. Bernard Shaw quizá se pasó de frenada, pero sólo unos metros. Muchos de los que enseñan a escribir no saben escribir. Así que ejercitan su creatividad con performances en vivo y en directo que ponen en escena cuando algún alumno está a punto de descubrir sus trucos de magos de tercera.
En una narración, el personaje principal no puede ser el mismo al final de la historia que al principio. Para que haya narración, algo fundamental debe haber cambiado en él. Algo que tenga consecuencias no sólo psicológicas, sino materiales. Por ejemplo puede morir, y de ahí para abajo, pero no muy para abajo. En el taller comentábamos el relato escrito por una compañera acerca de una mujer sometida por su marido que, tras muchas dudas, decide abandonarlo, pero recibe una llamada del marido, se acobarda, se da la vuelta y regresa al hogar-prisión. A ninguno nos gustó el final por razones obvias. Pero no es un buen final, asimismo, por razones literarias. No se trata de que el público desee un happy end. Se trata de que el relato debe cumplir lo que promete, y todo relato promete una transformación. Algo debe cambiar, para bien o para mal. Pero nada ha cambiado en la protagonista del relato en cuestión. Es un relato sobre alguien que empieza siendo sumisa, que duda y que sigue siendo sumisa; es decir, sobre alguien que no cambia. Sencillamente no cambia. Así lo hice notar.
De modo que Herr Professor se sacó de la manga una de sus audaces teorías, de ésas que improvisa cuando alguien dice algo que sabe que debería haber dicho él. Y dijo que “a veces el cambio es que no haya cambio”. ¿A veces? ¿Cuándo?, preguntó el alumno tocapelotas. “Cuando lo lógico, lo razonable, lo esperable es que haya cambio”. Para alguien como Herr Professor, que habla de clase obrera tirando a clase media y cosas así, quizá se trate de algo que suena a dialéctica, a negación de la negación, a tesis-antítesis-síntesis. No lo sé, sólo trato de buscarle alguna explicación.
Lo lógico y lo razonable es que las mujeres maltratadas abandonen a sus maltratadores, está claro. Por desgracia, no es lo esperable. Una mujer sumisa tendrá momentos de duda, incluso momentos en los que sale a la calle y da el primer paso, pero lo esperable es que vuelva al redil. Eso es lo que ocurrirá noventa y nueve de cada cien veces. Pero incluso aunque vuelva al redil, si en la última escena del relato se la muestra afilando un cuchillo, o cortándose el pelo al cero frente al espejo, o tirando por la ventana la valiosa colección de sellos de su marido, algo fundamental ha cambiado en el personaje. Si vuelve al redil y punto, nada habrá cambiado.
Pero no. Sigan disparando contra el Cuartel General del sentido común. Hacedle caso a Herr Professor. Construid una narración a base de un no-cambio. Alguien se levanta, trabaja, come, piensa en viajar a Mallorca, ve la televisión y se acuesta. Buena suerte y, sobre todo, buenos padrinos.
Pequeñas salvas marginales contra el Cuartel General: a Herr Professor le gustó el relato que llevé al taller. Me preguntó qué tipo de narrador había utilizado. En tercera omnisciente, le contesté. “No”, replicó. Según él era un narrador equisciente. Por sutilezas; porque podría ser que esto o que lo otro; eso es anecdótico. Lo sustancial es que este tipo siempre tiene el “no” en la punta de la lengua. La palabra primigenia de los necios y de los genios. Me temo que no nos encontramos ante un genio.
Tengo que decir que Herr Professor pertenece a la plantilla de unos grandes y famosos talleres de escritura creativa de Madrid que se subarriendan a las bibliotecas públicas. Alguien que se permite tantas libertades debería dar la cara, hacerse famoso, presentarse al Premio Nobel de Química por ejemplo. En serio. Debería dar un cambio radical a su personaje.