04 octubre 2016

Y, sin embargo, te quiero (relato)

—¿Mamá? —dijo Silvia al descolgar el teléfono—… Sí, sí… Todo va bien, no te preocupes… No; no empieces, por favor.
Era muy temprano, pero ya estaba acostumbrada a las llamadas intempestivas de su madre. Se enredó los dedos con el cable retorcido que unía el aparato negro al auricular. Se sentó en el suelo de terrazo frío. Tenía mucho sueño. Esa noche apenas había dormido. Las ojeras se le habían cronificado. Escuchó en silencio, resoplando levemente, encendió un cigarro y le dio pequeñas caladas, encajando los consejos-imposiciones-lamentos de su madre.
—Pero mamá —logró colar su voz en algún momento—, por favor escucha… Ya, ya sé que es imprudente, que debería ser más responsable, pero es que yo… ¡No, claro que no es creyente! ¿Cómo quieres que sea creyente, si…? Pues claro que no distingue entre el bien y el mal, yo se lo explico, pero ya sabes cómo es. No, no es un cínico, ni un psicópata… Simplemente es… Ya… Pero le quiero, mamá … Sí, más vale que te hagas a la idea: le quiero. Tú también fuiste joven y también sentiste lo que yo siento, y también pasaste por algo así, ¿no?… Pues claro…
Silvia dejó de dar caladas a su pitillo, lo olvidó en la mano derecha mientras se sujetaba la frente, y el fino cilindro fue consumiéndose poco a poco, a milímetros, en busca del esponjoso filtro naranja.
—Es ignorante, ya lo sé, muy ignorante; ya sé que se muestra desnudo sin pudor ante todo el mundo cuando está en casa… Sí, pero… Pero cambiará, mamá, con el tiempo, yo conseguiré que cambie. Porque le quiero. El amor siempre consigue cambiarlo todo.
La voz de la madre siguió lanzando su chaparrón cotidiano sobre la oreja izquierda de Silvia. Ella apoyó el codo del pitillo sobre la rodilla flexionada correspondiente. Aún no había desayunado. Ni siquiera se había lavado la cara. No podía soportar más el control demencial de su madre.
—Mamá… Escúchame, mamá: ya sé todo eso. Ya lo sé. No respeta la propiedad ajena, coge lo que quiere cuando quiere sin dar explicaciones y me complica mucho la vida, pero… Pues claro que es egoísta, ¿acaso crees que no lo sé?… Sí, y holgazán, y sucio. Pero… Sí, ya sé que vomita mucho después de beber… Sí, mamá, sigue bebiendo todos los días, pero ¿cómo quieres que no…? Cambiará, mamá, cambiará… ¿Los gritos?… Sí, sigue gritando mucho, de día y de noche, tiene hartos a los vecinos, pero tengo que aguantarlo. ¿Qué quieres que haga? ¿Que le abandone? ¿Que le deje tirado, precisamente ahora, cuando más me necesita?
La voz de la madre aumentó de tono, de volumen y de ritmo. Silvia ya no podía más. Apagó el cigarro en una baldosa. El sueño había dado paso al mal humor.
—Mamá… Escúchame… ¡Escúchame, coño!: Ocúpate de tus propios problemas. Tómate la pastilla para… para tu enfermedad, ¿me oyes?… Y, por favor, entiéndeme: Le quiero. Sí, le quiero, mamá. Siempre le querré. Compréndelo: a pesar de todo es mi hijo y, métetelo en la cabeza, ¡sólo tiene dos meses!

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