29 octubre 2016

Talleres literarios y egos

Los talleres literarios pueden ser entretenidos, incluso se aprende técnica. Hasta ahí llega su utilidad, y no es poca. Sobre todo si son gratuitos, suelen ser recomendables, porque no se pierde nada y como mínimo puedes pasarlo bien. En ellos he conocido principalmente a profesoras muy estimables, que saben transmitir y que conducen las sesiones con habilidad. Buenas escritoras. El problema viene cuando salen a flote los egos de algunos “profesores” que tienen que justificar su posición ante sí mismos y no pueden permitirse que ningún “alumno” les adelante por la derecha. Que entran en competición con el alumno y pierden de vista la necesaria colaboración. Que escolarizan el taller. La inseguridad que les provoca la pretensión de ser expertos en algo tan resbaladizo como la literatura se les manifiesta en una aparente búsqueda de nuevas teorías o en una exploración de nuevas respuestas que en realidad enmascaran intentos de sentar cátedra a base de inconsistencias. Confunden —algunos, insisto— su papel de coordinadores, si se quiere de animadores o de primus inter pares, con el de maestros.
Nunca he sido muy amigo de las normas, especialmente de las aplicadas a la literatura. Sólo las conozco y las respeto hasta cierto punto, pero cuando me cruzo con ellas trato de cambiar de acera. Las normas en literatura, en concreto en narrativa, no son más que conclusiones siempre provisionales acumuladas a partir de la experiencia previa y vigente. No son sino opiniones con éxito de crítica y público. En narrativa si algo funciona está bien y si no funciona, mal. Se ha dicho mil veces, y aunque se diga otras mil seguirá siendo verdad. Si la narración funciona, bien; si no, mal, se ajuste o no a las normas. Cuando una narración rompe las normas y funciona, las normas cambian. Pero luego está el sentido común. Está bien (o mal, depende de si funciona o no) romper las normas. Romper el sentido común en cambio es más problemático, y los egos sensibles suelen romperlo todo a su paso.
Uno de los destrozos más socorridos que he escuchado en los talleres es el de negar que la escritura sea un acto solitario. Aclaro que sólo lo he escuchado dos veces, la primera hace tres años y la segunda recientemente, y que me parece una infinidad. Supongo que los negacionistas se dejan llevar por la mala prensa de la soledad, o quizá alguien que conduce un taller se sienta obligado a insistir en lo colectivo; no sé, siempre se pueden hallar motivos en el fondo del macuto para negar la evidencia. Hay quien pone sobre la mesa cadáveres exquisitos. Nadie me ha mostrado nunca ninguno que merezca la pena. He escuchado a algún compañero que la Biblia es un libro escrito colectivamente, pero está claro que confundía la recopilación con el acto de escribir.
Lo cierto es que la escritura es un acto tan solitario como la muerte. Claro que en torno a la muerte hay ritos colectivos: antes, los familiares reunidos junto al lecho del agonizante; después, los funerales y los entierros. Pero la muerte del muriente es un acto solitario, suyo. Qué más quisiera él que compartirlo. Digo yo. Exactamente como la escritura, y cuando digo escritura digo escritura de calidad, emocional. Opino que no hay emociones colectivas. Al menos no si son auténticas, profundas, y si sirven para transmitir por escrito algo valioso. Una multitud de treinta o de treinta mil quizá puede sufrir un estado de histeria colectiva, pero nunca va a escribir una novela, ni siquiera un capítulo. Para escribir una novela hay que echar mano de las emociones individuales, si es que las hay de otro tipo, y eso únicamente se puede hacer en soledad. Claro que hay que colectivizar para escribir, pero no al escribir. Es necesario vivir con los otros, observarlos y comprenderlos antes de la escritura para tener algo que contar, y después para que te den su opinión y compren tus libros, pero no durante. Escribir es un acto íntimo, en el que peleas contigo mismo, reflexionas, sientes, te desesperas, rebuscas, te pones eufórico. Venderías a tu madre por encontrar la frase adecuada. Te concentras. Puede que tengas niños alrededor pidiéndote que los lleves a hacer pis o que el vecino de al lado esté dando martillazos en la pared, pero por mucho que forcemos los conceptos eso no forma parte del acto de escribir.
¿Y los equipos de guionistas? ¿Y la escritura a cuatro manos? Apenas si han producido algo digno de ser leído. Y, hasta en esos casos, la escritura, aunque luego se ponga en común, sigue siendo solitaria. Mala, en general, pero solitaria.
De todos modos, esta semana pasada me ha tocado el gordo de los disparates con un profesor dispuesto a llevárselo todo por delante con tal de dejar claro que él es Herr Professor, en un taller gratuito de una biblioteca pública. A su pregunta de qué tipo de narrador tenía el texto recién leído por un compañero, contesté que era un narrador equisciente, en tercera persona pegado al protagonista. Herr Professor lo negó. Luego resultó que sí era equisciente, pero la primera palabra que les brota en los labios a este tipo de animadores es “no”, y casi nunca se dejan arrastrar hasta el “sí” evidente.
El mismo Herr Professor, hablando de la monotonía de otro texto allí leído el mismo día, llegó a decir que la monotonía puede suponer un conflicto narrativo. Afirmación audaz, apoteósica, difícilmente superable. La monotonía y el conflicto se excluyen, como todo el mundo sabe; hay conflicto justo cuando se rompe la monotonía. Se lo dije. Pero esta criatura pedagógica no se paró en sutilezas. Ni las normas narrativas ni el sentido común le detuvieron. Tuve que decirle que aceptábamos monotonía como conflicto puesto que él lo decía. Eso sí: habló de narrador homodiegético y heterodiegético, del sujeto del enunciado y del sujeto de la enunciación, supongo que para llenarse la boca de aire caliente, pero no distinguió, o, lo que es peor, fingió no distinguir entre monotonía y conflicto. La monotonía puede ser un gran conflicto, dijo, y creyó haber hecho un hallazgo; le pareció que lo que había dicho era algo muy original. Y lo era, sin duda.
Este tipo de profesores suelen reclutarse entre las filas de los escritores frustrados, como los críticos. De hecho muchos de ellos son críticos, esa especie estéril que pontifica sobre la mejor manera de engendrar. Envidian al que crea mientras ellos rumian su salmodia y dejan escapar finos hilos de frustración por las narices.
Este tipo de “profesores” (entrecomillo porque habría que ver qué es exactamente lo que profesan) regatean el talento, usan de su libertad de cátedra para alimentar sus egos con migajas, sin darse cuenta de que no se sientan en cátedras sino en sillas de tijera.

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