13 octubre 2016

Malta, gozo y comino (relato)

A la hora de la merienda me dijiste que te ibas a Malta. Al principio no me enteré. Estabas sentada frente a mí en el bordillo de la acera que separaba tu casita blanca de mi bloque, donde acaba el asfalto y empieza el descampado. Partí en dos la enorme onza de chocolate marrón y te di el trozo más grande.

—Me voy a Malta.
Lo dijiste tan bajo y tan flojito que no te escuché. Partí en dos el mendrugo de pan y te di el trozo del currusco.
—¿A dónde? —te pregunté mientras empezaba a masticar el chocolate.
—A Malta. Nos lo dijo mi padre anoche, a la hora de cenar.
—¿Y eso dónde está? ¿Cerca de Leganés?
—No.
Resultó que Malta no estaba cerca de Leganés, ni en la sierra, ni tampoco en Jaén. Me lo fuiste negando con la cabeza mientras hacías migas tu trozo de pan y las dejabas caer sobre tu falda. Roíste un poco las esquinas de tu chocolate echando atrás tus coletas, bajando y subiendo la mirada hacia mí mientras hablabas, con la cara un poco inclinada hacia adelante. Sacudiste las migas. No te ibas de vacaciones. Nunca habías salido de vacaciones en tus diez años de vida. Tu padre iba allí a trabajar. Malta era un país extranjero.
—Mentira —dije—. Malta no existe. Existe Francia, Alemania, Suiza y Bélgica. ¿Cómo un país va a llamarse Malta?
—Yo qué sé. Llamándose.
Ese día no te di un beso en la cara y me fui corriendo a tirarles piedras a los niños del barrio de los soportales con los amigos de mi calle. Esquivé dos piedras y no le di a nadie. Me caí una vez al darme impulso, pero sólo me hice una herida en la rodilla.
En casa, busqué Malta en el viejo atlas azul de mi padre. Me costó mucho encontrarla. Pasé por China, Brasil, Alaska, Sumatra, Italia y Chipre. Malta era una isla que apenas se veía en el papel marfil. Si la borraran del mapa no se iba ni a notar. La tapé con mi pulgar. Luego levanté el pulgar y me fui a cenar acelgas y agua.
Al día siguiente te pedí perdón. Fuimos consumiendo el pan con chocolate de la merienda lentamente, como si lo erosionáramos con los dientes. A mí ese chocolate ya no me gustó; no era bueno, estaba como rancio. Tú tenías hambre.
—Tenías razón. Malta sí que existe. Pero es muy pequeña. ¿Para qué vais a ir allí?
A tu padre le habían ofrecido un contrato para pintar barcos. No le quedaba dinero. Ya no podía pagar el alquiler de vuestra casita baja.
—Nos vamos en avión —dijiste— la semana que viene. El viaje lo paga la empresa. Yo no quiero irme. Quiero quedarme aquí, en el barrio, contigo.
Te di dos besos, uno más por el que no te había dado el día anterior. Esa noche, en la cama, recé en voz baja para que se hundieran todos los barcos de Malta y no tuvieras que marcharte. Las noches siguientes recé para que se estropearan todos los aviones de España, y luego para que se murieran de golpe todos los pilotos de Iberia.
La semana que venía llegó y, a la hora de la merienda, te di todo mi pan y todo mi chocolate. Me diste las gracias. Te dije que no pensaba volver a merendar jamás en la vida. Me fijé en que se te estaban borrando las pequitas, pero no te dije nada. Aunque era lunes, tenías puesta la ropa de los domingos: tu jersey verde con los picos de la camisa blanca asomando por el cuello y tu falda roja.
Me diste un beso en la boca apretando tus labios contra los míos. No sabíamos que hubiera que abrir la boca. Los besos en la cara siempre se daban con la boca cerrada.
Al día siguiente dejé de creer en Dios. Los aviones no se habían estropeado, los pilotos no se habían muerto y te habían llevado a Malta. El dinero que me daba mi madre para caramelos y eso lo fui ahorrando, peseta a peseta, para comprarme un billete de avión a Malta. Tonterías que hacemos de críos. Han pasado casi tres años. Te imagino sin pecas ya y con el pelo suelto.
Ayer cumplí trece años y me gasté todos los ahorros en una guía de Malta que compré en la Cuesta de Moyano. La he leído esta noche. Malta no es una isla, sino tres: Malta, Gozo y Comino. A Malta mi gozo le importa un comino. Malta es una y trina, como Dios pero en país. Está en el centro del Mediterráneo. Justo en el centro, entre el norte y el sur, el este y el oeste, lejos de todas partes, rodeada de aguas infestadas de tiburones. Allí la gente habla un idioma raro; una mezcla de árabe, italiano, siciliano, inglés, griego y catalán. Los lingüistas no saben ni clasificarlo, es un idioma de marcianos locos. Malta está en el borde de la placa africana, pegada a la euroasiática. Un poco más y, cuando se formó la Tierra, se la habría tragado el abismo que separa las dos placas. Ojalá se la hubiera tragado. Nadie lo habría sentido, y tú seguirías aquí.

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