06 octubre 2016

El hermano ejemplar (relato)

—¿Q-qué tal? —le pregunta Zebulon el Tartaja a Sam mientras éste se acerca a la barra del Harold’s—. ¿Has sobre-e-vivido a la reunión familiar?
Empieza a oscurecer. Sam se acomoda en un taburete y arquea la espalda, apoyando los codos en el mostrador y las suelas en el reposapiés. Con el meñique derecho se extrae algo de una encía y lo arroja a la papelera, bajo sus zapatos.
—A duras penas —contesta—. Un whisky, por favor… Cualquiera, con tal de que tenga más de doce años… A duras penas, Zeb. Cada reunión familiar me consume al menos un año de vida. Pero ya tengo la herencia en el bote. Se acabó la miseria, chico. Quizá haga un viaje a Florida. Eso de ir dando tumbos de trabajo en trabajo se acaba para mí, al menos durante una temporada. Tómate algo. Invito yo.
Zebulon niega con la cabeza. Sujeta con las dos manos su vaso cuadrado lleno de un líquido oscuro, sin hielo. Pero no bebe. Sam, con su sombra, le ha recortado la modesta diversión del partido de fútbol en el televisor. El bar está casi vacío y Zebulon trata de bromear con Sam, aunque los músculos de su boca no colaboran.
—¿Ha-abéis co-omido bien al menos? —dice forzado.
Sam no contesta. Le da un sorbo al whisky. Sigue callado un buen rato. Por fin dice:
—Hace sólo dos semanas que enterramos a nuestros padres. Maldito accidente… —Le da un buen trago al vaso y se calla. Agacha la cabeza como en una plegaria. Luego sigue hablando—: La cabaña de madera… Eso es todo lo que les interesa a mis hermanos. Supongo que quieren derribarla y usar las tierras para buscar petróleo. Qué sé yo. No he querido saber nada de ella. Soy el hermano menor, ¿sabes? El pariente pobre… Sí… Dejé de escuchar cuando empezaron a hablar de la herencia. Un montón de tablones y tres sacos de billetes… Ése es su legado, no el mío.
Zebulon le da una leve palmada a Sam en la espalda, arropada por una áspera chaqueta de tweed. Un brazalete de terciopelo negro le rodea la manga derecha, casi a la altura del hombro. Zeb mira la cara del tipo en penumbra. Nota el olor a alcohol de su aliento, demasiado fuerte como para proceder sólo de un par de tragos. En el televisor está acabando el partido de fútbol y Zebulon se levanta y se fija en dos jugadores que chocan. Un balón sale disparado, suena un pitido cortante como un tajo y al minuto siguiente se da paso al noticiario. Un locutor rígido habla sobre los funerales de Estado por Eisenhower.
—Por to-odos los santos —dice Zebulon—. Esos pa-paquetes han vuelto a perder. Pa-arecen zombies, joder. No tienen sangre en las ve-enas. Había apostado veinte pavos po-por ellos; se pagaban tres a uno.
Rompe un boleto y se guarda los trozos en el bolsillo de su chaqueta.
—…No el mío —insiste Sam, que no ha escuchado una sola palabra.
—Vo-osotros sois tres hermanos, ¿no-no es así? —dice Zebulon, prendiendo un cigarro.
—Cuatro —dice Sam. Da otro trago; el whisky le sabe a corcho líquido producto de algún naufragio fatal.
—¿Cuatro? —dice Zebulon—. Ah, no-o sabía. Sólo cono-ozco a Harper. Y de tu hermana… ¿có-omo se llamaba?… Ah, ya; Evelyn… Só-olo he oído hablar de ella.
—Esos somos los que hemos asistido a la reunión. Los errores. Los tres fuimos errores… Sí, Zeb; de nada vale ocultarlo… Evelyn es un error que se dedica al contrabando en su peluquería… ¿Al contrabando de qué? De heroína. En las pelucas… ¡Póngame otro matarratas, jefe! —Apura el vaso inclinando la cabeza hacia atrás hasta ponerla horizontal. Mastica ruidosamente los restos de hielo. Se apoya en el frágil reposabrazos de su asiento, recupera la verticalidad un segundo y vuelve a arquearse sobre el mostrador ante el nuevo vaso lleno. Se alisa el brazalete y lo vuelve a colocar en su sitio, se le ha desarreglado con sus maniobras etílicas.
—¿He-eroína? —dice Zebulon el Tartaja—. Ma-al asunto. Muchos van a parar al cementerio po-or esa maldita droga… Pe-ero Harper se gana la vida honradamente como matarife, ¿no? A veces jugamos al póquer en el Prince’s y siempre me de-espluma, el mu-uy…
El camarero se rasca la nariz mientras la noche oculta el cartelón de Lucky Strike sobre la jukebox apagada. Ya no quedan en el local más clientes que Sam y Zeb el Tartaja. En el televisor en blanco y negro suenan los labios azules de Billie Holliday. Una grabación antigua. Canta Strange Fruit: “…Sangre en las hojas y sangre en las raíces…”
—Harper es peor que Evelyn. Harper vende género estropeado. Envenena a la gente que no tiene ningún deseo de ser envenenada. Tiene comprado a todo el departamento de Sanidad. Por eso sólo como pescado, patatas y cubitos de hielo. Quiero vivir todo lo posible. Y si me enveneno, que sea a mi ritmo y no al suyo.
Zebulon guarda silencio. Sam está hablando demasiado y el camarero puede poner el oído. El camarero se da cuenta de la situación y con la pinza del pulgar y el índice derechos recorre sus labios enrojecidos. “Soy una tumba”, les dice. Zebulon le pide otra copa de su líquido oscuro con una seña de un dedo al azar y, después de dos tragos largos, le pregunta a Sam:
—¿Y el c-cuarto hermano quién es? ¿Lo co-onozco?
—No —Sam sonríe—. Él nunca acude a las reuniones familiares. No le interesan. La verdad es que no está hecho para la vida social. Es el mayor. El primogénito.
—Así que una especie de e-ermitaño, ¿no es cierto? O-o un tipo muy so-soberbio.
—Nada de eso. Es un tipo maravilloso. Pero él no fue un error como nosotros. Mis padres sólo lo buscaron a él, a los otros tres nos encontraron.
Zebulon no comprende. Toca el boleto roto en su bolsillo. Dos trozos.
—Pero ¿a qué se de-edica? ¿Vive en la ci-iudad? —Zeb siente una leve curiosidad.
—Hace tiempo que se marchó. Pero hablo con él a menudo, ya sabes… —Sam hace un gesto con la mano entre su sien y su oreja.
—Ya, entiendo; po-or teléfono.
—…Evelyn y Harper perdieron contacto con él —sigue Sam, sin detenerse—, por eso hacen lo que hacen… Mejor nos habría ido a todos si hubiéramos seguido su ejemplo. Es el único hermano del que me siento orgulloso. Un ejemplo para todos.
Zebulon enciende otro cigarro con la lumbre del que acaba de consumir.
—¿Y la he-erencia? —pregunta Zeb—: ¿Acaso no ha reclamado su-u pa-arte?
—Hace tiempo que recibió su parte… Y lo cierto es que no le interesa el asunto.
Zebulon observa cómo Sam gira la cabeza y la inclina hacia el reloj de pared rematado por una cruz. Han tomado varias rondas, y empieza a sospechar que el tipo, que ya venía cargado, está rozando los límites puntiagudos del coma etílico. Sam se levanta del asiento, se tambalea un poco. Vuelve a arreglarse el brazalete de luto, deja unas monedas en el mostrador y se dirige a la puerta. No se despide. Sale a la calle. La hoja de la puerta queda batiéndose unos segundos hasta que queda muerta, encajada en el vano. Zebulon gira la cabeza y ve marcharse a Sam a través de la cristalera. El camarero apaga el televisor. La pantalla queda negra como una mortaja.
—Po-obre Sam —le dice Zebulon al camarero, que ahora se dedica a barrer el suelo—. Se le ve af-ectado. ¿Y có-omo se llama ese hermano tan santurrón, ese tipo tan e-ejemplar?
El camarero apoya el mentón sobre las manos que sujetan el extremo del palo de la escoba. Mira a Zebulon indiferente con los párpados cubriéndole la mitad de los ojos.
—¿Que cómo se llama? No, Zeb. Sam está más… afectado, por decirlo así, de lo que crees. Fue… Fue hace muchos años… Tú aún no habías llegado a la ciudad y yo era un niño entonces… El hermano mayor de Sam nunca tuvo nombre. —El camarero retoma la escoba y les da dos escobazos a los restos de cáscaras de pistachos que ruedan por el suelo—. El hermano mayor de Sam nació muerto.

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