08 octubre 2016

El funeral de los sueños (relato)

Vuelvo a casa por la mañana. Ya clarea, y el camino se hace más largo a cada paso. Llevo un pájaro sujeto a mi muñeca. El pájaro tiene un pico afilado y no pía. Me da un picotazo en la mano y levanta el vuelo. De la herida del picotazo empiezan a salirme hormigas en tropel, se amontonan y caen al suelo como en un reguero. El reguero de hormigas se convierte en ceniza. Voy dejando un rastro grisáceo de hormigas quemadas por mucho que trato de taponar el agujero con un dedo de la otra mano.
Las vecinas de mi barrio me ven llegar, con sus mandiles y sus bolsas de tela, y se ríen de mí a carcajadas. Dicen que voy dejando ese rastro para volver a la discoteca por si olvido el camino.
—Tengo prisa —les digo, subo a mi cuarto, recojo el cuaderno de mi litera, bajo las escaleras, salgo a la calle y corro hasta la escuela.
Llego a clase. Las hormigas-ceniza han dejado de brotar y el agujero de la mano se cierra. Al entrar en el aula me disculpo por llegar tarde y le cuento a la profesora lo que me ha pasado.
—Un pájaro me dio un picotazo y…
—Total, que eres una piltrafa —dice ella—. Continúa.
Termino de explicar lo ocurrido y de disculparme:
—…Y eso me ha pasado. Es un sueño. Todos tenemos sueños. ¿Usted no? —le pregunto.
Me da la espalda y me siento en un pupitre. Abro mi cuaderno y tomo apuntes. La profesora escribe garabatos verticales, diagonales, curvos, haciendo percusión con la tiza sobre la pizarra. Al final subraya todos esos signos arañando el encerado con el resto de tiza casi consumido. Estamos en clase de literatura, por eso la profesora usa palabras extrañas como piltrafa.
Luego le darán a esa profesora el premio princesa de asturias por fax, pero se traspapelará. Se pasea por el aula haciendo largos con sus zapatos de tacón que golpean con ritmo el suelo de parqué y sus medias sin costuras que ensombrecen sus muslos blancos. Habla de comas, de los años ochenta y de aliteración.
Aliteración. Me he dejado los condones bajo la almohada de mi litera. Tengo que volver. Aliteración. Literatura. Literal. Litera. Litro. Libro. Cobro. Cabra. Cabrón. Capón. Capó. Salto de una palabra a otra como de una piedra a otra en el curso de un río. Una piedra me lleva a la otra, se confunden entre sí, como las hormigas se confundían con sus cenizas.
Vuelvo a casa, trepo a mi litera y recupero los condones. Las vecinas están guisando carne en salsa perfumada con laurel mientras cantan coplas antiguas con las ventanas abiertas. No tengo hambre, ya cenaré.
Entretanto, en su coche, la profesora se ajusta las gafas y escribe una nota con signos que parecen cuñas. He quedado con su hija, una chica baja y delgada. Me encuentro con ella y le doy un beso. Paseamos abrazados, y ella me susurra algo al oído. No la escucho, pero olfateo su pelo con aroma a talco y me dejo llevar por ella.
La profesora, su madre, ha puesto en marcha el motor después de subir los cristales de las ventanillas y de beberse una botella de whisky de doce años. No se ha quitado los tacones, no le importa estar incómoda. Se le llena la barriga de alcohol y de gas. Se inclina y se duerme con la cabeza recostada en el asiento de skay negro del copiloto. Las gafas se le desdibujan sobre el rostro; los labios quedan abiertos como esperando un beso.
Su hija y yo llegamos al coche, nos desabrochamos algo más de lo imprescindible y hacemos el amor sobre el capó. Está oscuro y no vemos más que la blancura de nuestra piel en las partes desabotonadas de nuestras camisas negras. A esa hora todo el gas se ha esfumado. Los amortiguadores están bien ajustados y nadie nos escucha. Después de abotonarnos, la hija mira al interior del coche. Ve a su madre, pero yo ya me he marchado.
Vuelvo a casa a cenar. Me he arañado la otra mano, la que no me picó el pajarraco, con el piércing de la lengua de la chica, y brotan de la heridita chorros de comas de los años ochenta. Dejan un rastro y muestran la ruta que he seguido. Las vecinas están tomando el fresco sentadas en sillas de paja frente al portal. Se las ve enfadadas.
—¡Cabrón! —me grita doña Liduvina—: ¿Quién va a fregar ahora todo esto? —dice señalando el reguero de comas.
—Pero señora…
—¡Te has tirado a la niña sobre el capó de la madre muerta! —grita otra.
La comarragia se detiene espontánea. El arañazo se cierra como una boca sin besos. El apetito se me contrae.
—Es un sueño —se me ocurre decir—. Pero ustedes, ¿nunca han tenido sueños?
—Sí —contesta triste doña Liduvina—. Pero tú ni siquiera viniste a su funeral.

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