28 septiembre 2016

El factor humano (relato)

—¿Qué pretendes de este empleo?
—¿Cómo que qué pretendo de este empleo?
—Sí; qué aspiras a conseguir con este empleo.
—Trabajar lo menos posible y ganar lo más posible.
No debía haberme tomado dos copas antes de la entrevista de trabajo. Me di cuenta al cerrar la boca. Me iban a echar del despacho y Sandra volvería a recibirme en casa con garbanzos y labios herméticos. Pero el sujeto se rió con dos golpes de algo intermedio entre el hipo y la tos, y se echó hacia atrás en su poltrona.
—No, en serio: ¿Qué pretendes de este empleo?
¿Que qué pretendo de este empleo? Tú ¿eres gilipollas? Trabajar lo menos posible y ganar lo más posible… Pero no; esta vez dejé la lengua pegada a los dientes. El tipo me miraba como si yo fuera su amor de juventud. Le observé y acepté el juego y sus reglas estúpidas.
—¿Qué pretendo…? Pues… —Tuve que forzarme—: Realizarlo con eficacia y dinamismo. Aportar toda mi capacidad y mi experiencia para realizarme como persona.
Cualquier estupidez con realizar o realización valía en ese juego desquiciado.
—Muy bien, muy bien —dijo el tipo, y anotó algo en un dietario—. Y supongo que contribuir al desarrollo de la empresa, que favorece al desarrollo de los empleados, ¿no es así?
—Por supuesto —contesté—. Y dar toda mi iniciativa y absorber todo lo que la empresa pueda enseñarme.
No comprendía cómo se me podía ocurrir tanta palabrería de desecho. Cosas de ver tantos telediarios, supuse. El puto paro, que te pega la espalda al sofá con velcro. Añadí que también pretendía aportar implicación. Hablé de Feedback y de Retroalimentación. No podía creerlo. Se me olvidó decir Retrocagadas; sólo lo pensé.
El tipo siguió. Miró mi currículum y me preguntó por mis aspiraciones vitales. Aspiro a que se te caiga el techo sobre la cabeza y tengas la desgracia de no morirte, imbécil, pensé. En el currículum ponía que soy tornero fresador, se detallaba mi experiencia en el oficio, pero ese anormal se interesaba por el fondo de mi alma. Las preguntas de aquel humanista empezaron a ser ridículas. Podrían haber seguido siendo simplemente absurdas, pero el tipo era osado.
—¿Dónde te ves dentro de cinco años? —preguntó.
—Trabajando y promocionando en su empresa —fue mi plan quinquenal.
Pensé en Sandra. En su flequillo negro. Sentía que debía agradecerme de algún modo mi enorme sacrificio. Sólo lo hacía por ella.
—Muy bien… ¿Con qué animal te identificas y por qué? —preguntó el de la poltrona con su cara de cerdo mientras tomaba notas con la pezuña derecha sobre su dietario.
Tuve que concentrarme mucho. ¿Con la ladilla, porque se pasa la vida en sitios divertidos? ¿Con el burro, porque tiene la polla muy larga?
—Con el perro —dije—. Por su fidelidad.
Sandra. Tendrás que hacer algo más que garbanzos con agua si consigo este empleo.
—¿Cuál es tu película favorita?
—Rocky.
—De acuerdo… La última: ¿cuál es tu libro favorito?
Me lo pones difícil, aborto de la naturaleza: estoy dudando entre el manual de instrucciones de mi lavadora y las Sagradas Escrituras. Al final dije:
—Pues… No sé… Los de Sherlock Holmes.
—Muy bien. Veo en tu currículum que dominas el oficio.
—Con una mano atada a la espalda.
Pasé un brazo a mi espalda y le puse unos cuernos vicarios al respaldo de mi silla.
—Bien, bien. Dime por qué crees que deberíamos contratarte.
—Les garantizo calidad, dedicación, esmero y pulcritud en el torno. No dejo pasar un solo error, soy muy puntilloso en ese aspecto.
—Perfecto. ¿Puedes empezar mañana?
Sandra y yo celebramos desnudos mi recién descubierta miseria. No es que antes no la tuviera, pero por fin la había diagnosticado. Sandra, más que felicitarme, me consoló. Comprendía que ella era el móvil del crimen y me absolvía del pecado de morder su manzana. Había que comer.
Al día siguiente llegué al trabajo, fiel como un perro, duro como Rocky, astuto como Sherlock, dispuesto a cumplir mi plan quinquenal como Stajanov. Los zapatos estaban relucientes, los dientes cepillados, la cara rasurada, el pelo engominado. Sólo me faltaba ladrar. Me puse el mono en el vestuario y le pregunté a un obrero viejo que se ataba los cordones de las botas:
—¿Cómo se llama el jefe?
—Anselmo Lucena. Ten cuidado con él. Una vez a Paquito… ¿conoces a Paquito?… Pues le fue a pedir que si le…
Anselmo Lucena. Sandra Lucena. Era el primo mayor que le había dado a Sandra a sus siete años más de lo que ella le había pedido. Y yo, con ese puto mono encima, era un objeto para el ajuste de sus cuentas.
Agarré una llave fija de la taquilla del viejo y fui al despacho del jefe, a solicitar un anticipo.

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